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Intermedio - B2 - ¿Honrado o tonto?

¿Honrado o tonto?

Cuando Bonifacio Blanco, el sencillo y tranquilo alcalde de un pueblecito castellano (Illescas, Toledo), salió de su casa la mañana del 10 de junio de 1999, no podía imaginar que cuatro días después su foto aparecería en todos los periódicos de la región, ni podía sospechar tampoco que la paz de su matrimonio se arruinaría a partir de aquella misma noche. Bonifacio, que solía recorrer en coche cada mañana los 7 kilómetros que separaban su casa del ayuntamiento, cogió aquel día, como de costumbre, su viejo Renault 5 y comenzó a conducir, despacio y disfrutando del paisaje, hacia Illescas.

Bonifacio, en esos momentos, era todavía un hombre feliz. Tenía 51 años y atendía por la tarde su propia farmacia, en la que también trabajaban su mujer, Remedios, y su hija Dolores, de 26 años. No pertenecía a ningún partido político, era independiente, pero la mayoría de los vecinos lo había elegido como alcalde por su merecida fama de hombre honrado. Cada mañana trabajaba en su despacho del ayuntamiento con el sincero deseo de hacer todo lo posible para mejorar la vida de los habitantes de Illescas.

Pero la felicidad nunca es perfecta, y también en la apacible vida de Bonifacio había motivos para preocuparse. Enrique, el novio de su hija, tenía ya 29 años y todavía no había conseguido encontrar un buen trabajo. Dolores y él estaban hartos de la vida en el pueblo. Soñaban con trasladarse a Madrid y montar allí un negocio, pero era muy difícil que un banco les concediera un crédito. A Bonifacio, en el fondo, le parecía que Enrique sólo era un soñador sin sentido común y que nunca realizaría sus proyectos.

Bonifacio pensaba en todas estas cosas mientras conducía hacia Illescas aquella mañana cuando, de pronto, sonó un ruido seco y tuvo que parar el coche: se le había pinchado una de las ruedas traseras. Bajó del coche y, con resignación, sacó del maletero la rueda de repuesto. Afortunadamente, un joven que conducía una furgoneta paró junto a Bonifacio al darse cuenta de que necesitaba ayuda. Entre los dos cambiaron la rueda y, después de darle amablemente las gracias al joven, Bonifacio pudo seguir tranquilamente su camino hacia el ayuntamiento.

Aquella misma noche, cuando Bonifacio regresó a su casa y abrió el maletero para sacar la rueda pinchada, se dio cuenta, con inmenso asombro, que el amable joven que le había ayudado… ¡¡le había robado la rueda y la caja de las herramientas!! Bonifacio apenas podía creer lo que estaba viendo y, al mirar mejor, advirtió que en el maletero había un papel: un número de lotería. Sin duda se le había caído al joven mientras le robaba.

Tres horas más tarde, la televisión le trajo a Bonifacio la desgracia: el número del joven había sido premiado con un millón de euros.

Bonifacio, por supuesto, decidió poner inmediatamente un anuncio en el periódico para encontrar al ladrón y devolverle el número. No estaba dispuesto a cobrar un premio que no era suyo. Su mujer, por el contrario, pensó que el premio les pertenecía a ella y a su marido, y lo consideró un regalo del cielo, una oportunidad maravillosa para empezar a disfrutar de todo lo que nunca habían tenido: viajes, tiempo libre, joyas, vestidos elegantes … Por otro lado, Dolores creyó que aquel dinero les permitiría por fin, a ella y a Enrique, realizar todos sus sueños. Llamó a su novio por teléfono y le pidió que fuera a su casa para intentar por todos los medios posibles que su padre cambiara de idea.

El bueno de Bonifacio no sólo tuvo que discutir aquella noche de pesadilla con su mujer, con su hija, con el novio de su hija …, tuvo que enfrentarse también a las burlas de muchos de sus vecinos de Illescas, aunque otros le defendieron. Pero Bonifacio no renunció a sus sólidos principios éticos: puso el anuncio en el periódico y, cuatro días después, el joven de la furgoneta se puso en contacto con él. Bonifacio le devolvió el número premiado y recuperó, a cambio, la rueda pinchada y la caja de herramientas.


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