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El precio de la fama. Colaboración
en un programa de radio
El corazón en la garganta. El estómago,
lleno de mariposas. No podía tranquilizar las manos aunque
mi vida dependiera de ello. Esas eran mis condiciones el viernes
pasado, desde el primer trago de café con leche (mi día
entero depende de ese trago) hasta cuando nosotros salimos de la
emisora. Si esta es la vida de un personaje famoso, preferiría
la oscuridad.
La culpa de mi, casi, ataque cardíaco era la envidia de todos
mis amigos. Y por una buena razón. Este viernes pasado, yo
tenía mi cita con 15 minutos de popularidad, mi entrevista
en la emisora Punto Radio. Esto es lo que pasó... un profesor
mío, que yo conocí durante mi primera semana aquí en
España, acababa de empezar un trabajo nuevo en esta emisora
de radio. Su hora consiste en noticias y puntos de interés
para los malagueños sobre lo que está ocurriendo en Málaga.
Pues, un día él tuvo la idea brillante de llevar a unos
estudiantes suyos a esta emisora para que dieran su opinión sobre
los lugares de interés aquí en
Málaga, desde el punto de vista de un extranjero. Una idea
brillante para él, un trance para mis nervios.
Pero sus intenciones eran nobles, no solamente quería llevarme
al hospital. La primera vez que él sugirió esta idea
fue en una clase de avanzado, cuando estaba llena de estudiantes
muy inteligentes, casi hablantes nativos. En ese momento, yo no
tuve ninguna objeción a esta idea, porque suponía
que yo no sería uno de los entrevistados. Pero con el paso
del tiempo, mi nivel de Español mejoró y el profesor Pedro todavía tenia su idea brillante... entonces él
tuvo que elegirme.
Había decidido que yo, y otro estudiante con un nivel de
español excelente, Silvio, iríamos a la emisora el
viernes, a las 17:30. Nos encontraríamos a esa hora en una
cafetería en el centro de Málaga, para practicar un
poco nuestras noticias, y también así, Pedro podría
informarnos sobre nuestra colaboración en la radio. Después
de esto, nos encontraríamos con su jefa en su coche y de
esta manera nos llevaría a la emisora.
Al poco rato, siguiendo al plan, yo estaba en el coche de la jefa
practicando mis líneas (las cuales casi las había
memorizado en ese momento) y la única cosa que podía
pensar era que no debería haber tomado este último
café. Mi corazón estaba corriendo y no podía
tranquilizarlo. Por último, nosotros llegamos a la radio.
Cuando fuimos arriba nos sorprendimos de todo lo que había
allí. Era una colmena de actividad, escritorios llenos de
papeles, gente que iba y volvía, y nosotros estábamos
en la mitad de todo. Me sorprendí, especialmente, cuantos
jóvenes estaban trabajando ahí. Pedro me dijo que
eso era porque la emisora quería captar la atención
de la gente joven.
Nosotros pasamos ahí una hora tan larga, la más larga
de mi vida. Mientras yo estaba practicando mis líneas (una
vez más) y notando la ferocidad tremenda del latido de mi
corazón, un teléfono sonó. En este momento,
no me importó que un teléfono sonara, porque muchos
estaban sonando en esta gran sala de actividad. Pero, cuando la
jefa de Pedro nos preguntó si alguien de nosotros conocíamos
un nombre, me puse como un tomate.
-“¡Hijo de …!”- se me escapó.
-“¿Tú le conoces a él?”- me preguntó la jefa.
-“Si”- dije yo -“pero no quiero que él
esté aquí.”-
Y la jefa -“¡Vale! No le permitiré subir.”-
Y ya está.
Tienen que entender una cosa, siempre cuando yo estoy en una competición
de caballos, o tocando el violín, nunca permito a un amigo
o a un miembro de mi familia observarme. Todo el mundo sabe que
soy un manojo de nervios cuando tengo que hacer algo delante de
la gente. Y cuando estoy en la radio de un país diferente
al mío, con un idioma diferente al mío, pues, estoy
casi muerta. (¡Claro!) Todo el mundo sabe esto... excepto
él. Entonces, aunque él solamente quería
darme una sorpresa, él tuvo éxito para que estuviera
a punto de darme otro ataque de corazón.
Por ultimo, llegó el momento esperado. Nosotros entramos
en el cuarto pequeño de la radio. Era cómodo, amueblado
con una mesa, cinco sillas, unos micrófonos y auriculares. Estaba mucho más tranquila allí en este
cuarto, y me sorprendí porque empezaba a relejarme por primera
vez en toda la tarde.
Curro, el hombre técnico, puso la sintonía del programa
y la primera media hora pasó muy rápida, con las cabriolas
locas de la jefa, las entrevistas por teléfono, pausas de
música, y una entrevista con Maria (la niña que
siempre tiene tiempo en el programa para dar información
de niños, para niños). Finalmente, yo reconocí
nuestra música, una canción (que nos dijo
Pedro antes) cantada por un extranjero que tenía un acento muy
fuerte y muy cómico. La canción duró menos
de dos minutos, pero fueron los más fuertes y estresantes
de mi vida. Entonces, la jefa empezó la entrevista. Por supuesto,
yo olvidé casi cada línea que había preparado
en ese momento, y tenía que hablar improvisando.
No recuerdo exactamente lo que dije, pero aparentemente sonó
muy bien (según mi amigo, el pobre, y otras personas que
estaban escuchando la radio en este momento). Después de
5 minutos terminé de hablar, y con la excepción de
unos comentarios breves sobre una obra de arte, nosotros no teníamos
que hablar nada más... gracias a Dios.
Y ya está; yo sobreviví a mis escasos 15 minutos de
popularidad. Más tarde, cuando nosotros lo celebrábamos
con copas en “el Pimpi”, Pedro nos preguntó:
-“¿Que os ha parecido?”-
Y la respuesta -“¡Oh bien, bien! ¡Me gustó
mucho!”-
-“Entonces ¿os gustaría volver la próxima
semana?”-
Y yo -“¡Por supuesto! Al fin y al cabo, no estaba
demasiado nerviosa...”-
Nicole Mcgvern
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