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Excursión Aranjuez

1. Localización.

La Comunidad de Madrid se estira por el Sur formando un apéndice para no dejar fuera a la comarca formada por Aranjuez y su fértil vega.

En un valle dónde confluyen los ríos Tajo y Jarama, la naturaleza, el hombre y su historia común han dibujado un magnífico paisaje recientemente declarado por la Unesco como Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad.Un territorio privilegiado, de fácil acceso por carretera o tren. A tan solo 47 Km. de Madrid capital
Su término municipal tiene una extensión de 19.000 hectáreas y su altitud media es de 489 metros sobre el nivel del mar en Alicante.

2. Clima.

Aranjuez se halla en una amplia vega formada por los ríos Tajo y Jarama. Su clima aun siendo Continental es templado. Siendo su temperatura media anual de 13º, situándose entre los 30º en verano y los 10º en invierno. Sus lluvias son moderadas.

 

 

Historia.

Por la suavidad de su relieve, la fertilidad de sus tierras y las virtudes de su clima, el valle dónde hoy se asienta Aranjuez, fué desde siempre lugar elegido por el hombre para realizar sus asentamientos. Así, se han encontrado restos del Paleolítico, el Neolítico y de las Edades de Bronce y Hierro.Existen igualmente referencias documentales de que existía por la zona un núcleo de población a partir de la época romana.Polibio y Tito Livio relatan una gran batalla ganada por Aníbal en la unión del Tajo y el Jarama, dónde la capacidad estratégica de los cartagineses consiguió vencer a un ejercito formado por mas de 100.000 hombres entre carpetanos, ólcades y vacceos.

Durante los siglos XI y Xll la comarca fue escenario de enfrentamientos entre musulmanes y cristianos por el control de la zona, ya que además es un territorio fronterizo.

En 1171 Alfonso VIII pone esta zona bajo dominio de la Real Orden de Santiago. Las tierras de Aranjuez se constituyen como zona de recreo de los maestres de la Orden y a tal efecto se construye una Casa-Palacio en el mismo emplazamiento del actual.

La historia actual de Aranjuez comienza en el momento en que Isabel la Católica consigue para Fernando V el nombramiento de administrador vitalicio del Maestrazgo de la Orden de Santiago en 1489.Aranjuez comienza a ser frecuentado por los reyes.Pero la característica más representativa de este período era la prohibición de asentamiento de poblaciones. Era un territorio dedicado exclusivamente al disfrute de los monarcas. Hasta el punto de que los nobles y personalidades que gustasen de visitar a los reyes debían alojarse en las localidades cercanas.

Esta prohibición no riñe, sin embargo, con la construcción por orden real de fuentes, huertas, acequias y caces, se continúa el plantado de árboles y se construye el antecesor (y primera parte) del actual Palacio Real bajo orden de los arquitectos Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera.El exotismo y colorido de los distintos reinados han ido dibujando sobre Aranjuez curiosas estampas con las que hoy se viste cada rincón ayudando a evocar y trasladar al visitante a aquellos tiempos.

Así, en época de Felipe IV, se plantan 400.000 moreras para estimular la producción de seda. Las labores de cuidado de dichos árboles eran atendidas por camellos y dromedarios de los que había en 1652, 150 unidades.No fue hasta el reinado de Fernando VI, que se permitió el libre asentamiento de pobladores.La villa de Aranjuez comenzó a perfilarse en su trazado actual bajo el reinado de Fernando VI, que fue quien ordenó trazar el plano de una nueva población. Sobre ese plano es sobre el que ha seguido desarrollándose a lo largo de los años. Es cierto que desde el siglo XVI ya se mandaron construir junto al palacio varias casas para poder alojar a los criados, pero aquellas viviendas quedaban cerradas cuando los reyes dejaban Aranjuez. Muchas de ellas estaban construidas a modo de cabañas y eran sótanos semienterrados; una anécdota contaba, a este respecto, que uno de los coches había atravesado el techo del comedor de la casa del Nuncio. Así que su aspecto no debía de ser demasiado atractivo....

El gran apogeo de Aranjuez como Sitio Real, llegó en el siglo XVIII bajo la monarquía de los Borbones. Fue entonces, con aquella Corte viajera a fecha fija, que recorría los Sitios Reales año tras año con una puntualidad inusitada y una fidelidad inquebrantable, cuando Aranjuez vio transformar poco a poco su fisonomía hasta convertirse en algo bien distinto de lo que había proyectado en su día el fundador, Felipe II, a quien se debieron los primeros desmontes, trazado de avenidas y plazas ajardinadas y, sobre todo, las canalizaciones para el regadío que convirtieron el lugar en el vergel en que es hoy el Sitio de Aranjuez.

 

 

4. Monumentos.

Palacio Real: Felipe II, haciendo suyo un antiguo proyecto de su padre, el Emperador Carlos, ordenó en el año 1561 la sustitución de la vieja residencia maestral de Aranjuez por un nuevo edificio que es el antecedente del actual Palacio Real ribereño. Juan Butista de Toledo fue el arquitecto a quien el rey encargó los planos, iniciándose la construcción de la capilla, que fue culminada por Juan de Herrera. Unos años más tarde, se comienzan las obras del Palacio bajo la dirección de Juan de Minjares. Cuando Felipe II muere, en 1598, la construcción ribereña presenta acabada la llamada torre sur, ocupada por la capilla, y una gran parte de las fachadas de mediodía y poniente.
Hasta el reinado de Felipe V permanecen prácticamente abandonadas las obras del nuevo Palacio Real de Aranjuez. El rey borbónico, siguiendo los primitivos planos de Herrera encomienda al aparejador de los Reales Sitios, Pedro Caro Idrogo, la continuación de las obras, que se reinician en el año 1715. Se levanta la torre norte, de idénticas características a la construida por Minjares, y se completa la fachada oeste, construyéndose también toda la estructura que conforma el actual cuerpo del Palacio.
Destruido el edificio por un incendio, Fernando VI encarga su reconstrucción a Santiago Bonavía, quien incluye en la restauración de la fachada principal algunos cambios, como los arcos sustentadores de la terraza del primer piso y la adición del frontis sobre el que descansan las estatuas de los reyes Felipe II, Felipe V y Fernando VI .
En época de Carlos III se amplía el Palacio Real de Aranjuez, siendo Francisco Sabatini el autor de las alas de poniente, que limitan lateralmente la soberbia plaza de Armas. En el extremo del ala derecha se levantó la actual capilla, decorada por Bayeu, no concluyéndose el teatro que debía ubicarse en el ala situada a la izquierda. El Palacio Real de Aranjuez se caracteriza exteriormente por sus colores blanco, de la piedra de Colmenar, utilizada en su construcción, y rojo, de los ladrillos empleados en sus paramentos. El frente del edificio, excepto en su cuerpo central, presenta una sucesión de ventanas, en su piso inferior, y balcones, en el superior, que es rematado por una balaustrada. En el cuerpo central, con un piso más, se encuentra el frontón con el escudo de Fernando VI, sobre el que están colocadas las estatuas de los reyes Felipe II, Felipe V y Fernando VI, según el proyecto de Bonavía. En la parte inferior de este cuerpo central un pórtico de cinco arcos de medio punto, también diseñado por Bonavía, sustenta la terraza del piso principal con su gran balconada. La fachada orientada al Este, con dos pisos, posee en su centro un cuerpo saliente cuyas ventanas y balcones dominan los Jardines del Parterre. Finalmente, las fachadas Norte y Sur, de características arquitectónicas similares, están compuestas de dos cuerpos rematados por una balaustrada. El acceso al Palacio se realiza a través de los pórticos de la fachada principal. La escalera, obra de Bonavía, cuenta con una balaustrada de estilo rococó, pintada en negro y oro, estando decoradas las mesetas con unas interesantes esculturas de Antoine Coysevox - Luis XIV, el Gran Delfín, María Teresa de Austria...-, colocadas en hornacinas rematadas por arcos de medio punto sobre pilastras. La visita al Palacio Real de Aranjuez se inicia por la Sala de Guardias de la Reina, una habitación situada en el ala Oeste que fue destinada a los Guardias de Corps, encargados de la custodia de los miembros de la familia real. En la decoración de esta sala destacan las pinturas de Lucas jordán, con pasajes de la vida de Salomón, y una escena de caza, obra de Franz Snyders. Relojes franceses, mobiliario y jarrones de estilo Imperio, completan sus elementos decorativos.
La Saleta de la Reina, en el ángulo noroeste del edificio, formaba partedelas habitaciones del Palacio ribereño que estuvieron dedicadas a las audiencias reales. De nuevo encontramos aquí cuadros de Lucas Jordán, en esta ocasión dedicados a temas mitológicos: Júpiter y Leda, El viento y Triptolomeo. Otro cuadro más de este mismo pintor, El Prendimiento de Jesús, y una pintura de Carducho, La muerte de un fraile trinitario junto a relojes y candelabros de estilo Imperio, componen los elementos decorativos de esta sala. Las magníficas consolas son obras del taller del ebanista francés Saumier.
Continuando el recorrido por el ala Norte del Palacio llegamos a la
Antecámara de Música, sala que fue utilizada para la recepción de grandes personalidades. Cuadros con escenas bíblicas pertenecientes a la escuela italiana del siglo XVII y pinturas religiosas de Solimena, decoran sus paredes.
La Cámara de la Reina, otra de las habitaciones utilizadas como pieza de etiqueta en el siglo XVIII, fue transformada en sala de música por Isabel II. Uno de los relojes de esta sala es de la acreditada firma Geo-Grahan, de Londres, con esfera semicircular y calendario mensual. El tapiz pertenece a la serie Dido y Eneas, tejido en Bruselas en el siglo XVI. En esta sala se conserva el piano regalado por la emperatriz francesa Eugenia de Montijo a la reina Isabel II.
Por el Anteoratorio y el Oratorio de la Reina, con ventanas al patio central del Palacio y decorados con pinturas de Giaquinto, Maella, Bayeu y Villanueva, y mármoles y bronces de Juan Bautista Ferroni, se accede al
Salón del Trono, en el centro del ala norte, cuyos paramentos están tapizados con terciopelo rojo. El mobiliario del salón pertenece a la época de Isabel II, excepto los sillones reales de madera tallada y dorada, situados bajo el dosel, que corresponden al estilo Luis XVI. Las pinturas de la bóveda, atribuidas a Vicente Camarón, representan la Monarquía, cuyo símbolo, la Corona Real, es sostenido por las figuras de Venus y la Industria.
El Despacho de la Reina, contiguo al Salón del Trono, cuenta con un gran número de obras pictóricas que decoran sus paredes, entre ellas el magnífico Florero, de Jan Brueghel. Un paisaje de Martinez del Mazo, dos cuadros de pequeño tamaño con vistas de edificios clásicos, pintados por Francisco Galli Bibiena, y tres floreros de Arellano, son algunas otras de las pinturas más interesantes de este despacho. En la decoración de la bóveda, de estilo pompeyano en su arranque, obra de Maella, destacan las representaciones de algunos pasajes de la Pasión de Cristo.
Los muebles de esta sala son de la época de Carlos IV, construidos en el Taller Real, destacando en ellos la fina labor de taracea.
Desde el Despacho de la Reina se accede al Gabinete de Porcelana, una de las piezas más atractivas y famosas del Palacio Real de Aranjuez.
Considerada como la obra capital de la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro de Madrid, esta habitación ocupa el ángulo noreste del edificio, con magníficas vistas a los jardines que rodean el Palacio. La totalidad de la extensión de las paredes y techos de este gabinete, presenta una riquísima ornamentación de porcelana en relieve, mezcla de estilos rococó y chinesco, realizada por Giuseppe Gricci entre los años 1763 y 1765, por mandato del rey Carlos III.La exuberante y abigarrada decoración del Gabinete de Porcelana está repleta de hojas, frutas, troncos de árboles y monos. También los seres fantásticos y las figuras humanas con facciones y atuendos orientales, tienen cabida en esta fantástica obra, cuya magnífica pintura en tonos suaves realza aún más la belleza del resultado final. Las sobrepuertas y los sobrebalcones están decorados, asimismo, con grupos escultóricos de porcelana, destacando la policromía de las puertas, también guarnecidas con figuras del mismo material. En el ala este del Palacio, orientadas al jardín del Parterre, se encuentran situadas las habitaciones privadas de los reyes.
El Dormitorio de la Reina, con una bóveda pintada por Zacarías González Velázquez, en la que aparecen alegorías de la Ciencia, la Virtud, el Arte, la Ley y la Monarquía, conserva el mobiliario que la ciudad de Barcelona regaló a Isabel II con motivo de su boda con Francisco de Asís de Borbón. Entre sus cuadros destaca un Sagrado Corazón de Jesús, de Ferrant y Fischermans. Comunicando con el dormitorio está situado el Tocador de la Reina, también con muebles de la época de Isabel II, cuyas paredes están recubiertas con seda rayada y decorada con ramos de rosas.
El Salón de Baile, decorado a finales del siglo XIX, ocupa el centro del ala este, separando los aposentos privados del rey y de la reina. Contiguo a él, el Comedor de Gala luce una espectacular bóveda con alegorías del tiempo, pintada por Santiago Amiconi, durante el reinado de Fernando VI. De sus paredes cuelgan cuadros de Corrado Giaquinto, de Amiconi y de Flipart. Un reloj de pie, obra de Peter Kintzing, y otro, de Lépine, son de los mejores de la colección que se conserva en el Palacio.
El suelo del comedor, diseñado en estilo rococó, fue ejecutado por el maestro Bernasconi con mármoles de Granada, Cabra y León. Por último, el mobiliario del comedor de gala, compuesto por sillas, sillones y consolas, éstas de estilo muy cercano al taller del ebanista Saumier y de la época de Carlos IV, son de estilo Imperio.
El Gabinete Árabe, decorado durante el reinado de Isabel II, está inspirado en la sala de las Dos Hermanas, de la Alambra granadina. La habitación, de reducidas dimensiones, fue utilizada como sala de fumar. En ella destaca un velador de Sévres, elaborado en porcelana y bronce, regalo del rey Luis Felipe de Francia, a Isabel II.
La Cámara del Rey, con acceso desde el comedor y comunicada con el Gabinete Árabe, está decorada con una serie de cuadros de Fernando Brambilla, que representan distintas vistas de los Reales Sitios: Escalera principal del monasterio de El Escorial, San Lorenzo desde la cruz del Humilladero, Vista del monasterio de El Escorial en ocasión de adorar los reyes la Sagrada Forma, Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial, Galería de Convalecientes y estanque de los monjes del Real Monasterio de El Escorial, Patio de los Reyes del Real Monasterio de El Escorial, Fuente de la cascada nueva en Aranjuez y - Fuente de la Fama en Aranjuez. Los muebles, de la época de Fernando VII, relojes estilo Imperio, así como un piano de cola y una mesa de juego de época isabelina, completan la decoración de la cámara.
La bóveda del Dormitorio del Rey, junto al Gabinete Árabe, fue pintada por Amiconi y Rusca, destacando en ella las alegorías de la Paz y la Justicia.
La cama, de estilo Imperio, es de caoba, con aplicaciones en bronce. El resto de los muebles, compuesto por dos consolas, sofá, sillas y tocador, corresponden a diversas épocas. Un Crucificado, sobre la cama, pintado por Mengs, y otros cuadros de temas religiosos, entre ellos una Virgen con Niño, de José de Madrazo, así como unos medallones con las efigies de Isabel II y Francisco de Asís de Borbón, se distribuyen por las paredes tapizadas con seda amarilla y terciopelo rojo, estilo Imperio.
En el ala este del Palacio se suceden, a partir del ángulo sureste, el
Salón de Espejos, la habitación mejor conservada del edificio real, decorada con grotescos por Juan de Villanueva hacia 1790; el Despacho del Rey, con cuadros de Magadán y mobiliario del ebanista francés Jacob Desmalter; la Sala Estudio del Rey, con mobiliario de estilo Carlos IV; y la Habitación de Pinturas Chinas, que conserva una importante colección de cuadros donados a Isabel II por un emperador chino de la dinastía Quin. También en este ala, con ventanas al patio central, se encuentra la amplia Sala de Guardias del Rey, final de la visita al Palacio de Aranjuez, en cuyas paredes se encuentran seis grandes cuadros de Lucas Jordán, tres de ellos de batallas, y los otros tres de temas bíblicos: La muerte de Absalón, David vistiendo la coraza y Construcción del templo de Salomón. La sillería de esta sala, perteneciente al siglo XVIII, es de las más interesantes del Palacio ribereño.
A la
Capilla de Palacio, cuya visita se realiza independientemente del resto del edificio real, se accede desde la Plaza de Parejas, situada junto a la fachada Sur. Construida por Francisco Sabatini en el ala izquierda añadida a la fachada de poniente del Palacio en 1798, esta capilla vino a sustituir a la edificada por Felipe II. En ella destacan la bóveda, pintada por Francisco Bayeu, y los tres retablos neoclásicos construidos en mármol y con decoración de bronces, realizada por Fabio Vendetti. Entre las pinturas más interesantes de la Capilla de Palacio se encuentran un San Miguel Arcángel de Lucas Jordán, en el retablo del lado del Evangelio, y La Concepción, en el altar mayor, de Mariano Salvador Maella.

Casa del Labrador: Esta Real Casa, a diferencia de las "casitas" hechas para el mismo Carlos IV siendo Príncipe, no obedeció a un proyecto arquitectónico coherente y preconcebido, sino que es el resultado de un proceso constructivo de más de diez años. La delicadeza de su diseño no se corresponde con la endeblez de los cimientos y materiales, y con la despreocupación con que se levantaron las partes nuevas sin trabarlas bien con las ya levantadas. Colaboraron en su creación el arquitecto mayor Juan de Villanueva, sus ayudantes Antonio López Aguado y -sobre todo- Isidro González Velázquez, y también el decorador francés J. D. Dugourc. Es difícil definir hasta qué punto la segunda fase constructiva de la Casa es responsabilidad de Velázquez solo o vinculado al maestro, y si Villanueva tiene alguna parte en la decoración de los interiores.
La construcción de la Casa, iniciada antes de 1791 y concluida en 1803, presenta dos fases claramente diferenciadas. la primera, de la que Villanueva es único autor indiscutible, consistió en levantar un edificio de planta rectangular, el actual cuerpo principal con planta baja principal y ático, sin decoración exterior y con el aparejo de ladrillo y cajas de mampostería visto. Así aparece en las dos vistas de la Casa "tal como se encontraba en 1 798", obra de Isidro González Velázquez. La segunda fase, que se llevó a cabo entre 1799-1800 y se remató con la reforma general de toda la articulación exterior de las superficies en 1803, supuso la construcción de dos alas, formando un patio de honor con dos pórticos de arcos rebajados, en granito, y sendas terrazas sobre ellos. Por el pórtico de la derecha los coches podían salir al otro lado de la Casa, atravesando un zaguán inmediato a la escalera de servicio.
En esta segunda fase constructiva parece clara la atribución a Villanueva de todo el contenedor arquitectónico, pero no la de la decoración interior, donde, como veremos, debe concederse un papel importante a Dugourc. Por último, la tercera fase constructiva, o colofón de toda la obra, consistió en la remodelación de todo el exterior con rica decoración arquitectónica en escayola aplicada sobre la lisa fábrica de ladrillo y mampostería. El espíritu decorativo del exterior e incluso su fragilidad material aleja esta obra del estilo de Villanueva para aproximarla al de Isidro González Velázquez, quien al año siguiente fue ya nombrado Teniente de Arquitecto Mayor de los Reales Palacios y Casas de Campo. La decoración interior se conserva intacta, pero la deficiente estructura del edificio y la endeblez de su decoración exterior obligaron a dos profundas restauraciones, una en 1903, cuando se recalzaron los cimientos, y otra en 1964-1968, por Ramón Andrada, que sustituyó todas las armaduras de cubierta por armazones metálicos.
En el
Patio de Honor, cuyos pórticos de cantería se estaban construyendo de acuerdo con los diseños de Villanueva en julio de 1800, podemos observar todo el preciosismo decorativo de la ornamentación exterior, llevada a cabo en 1803 como atestigua la inscripción del frontis: almohadillado a base de bandas horizontales en el piso bajo, hornacinas con esculturas y guardapolvos sobre los balcones en el principal y guirnaldas de flores con "putti" en el ático. Pero las superficies que vemos ahora no son ya las originales, pues los yesos llegaron muy maltratados al siglo XX, y fueron sustituidos en piedra falsa chapada por R. Martín Gamo durante la restauración de 1964-1968.
Las salas de la planta baja fueron pintadas por Japelli durante el reinado de Carlos IV, pero las crecidas del Tajo a finales del siglo XIX y principios del XX motivaron la pérdida de estas decoraciones, y su aspecto actual responde a la restauración de Andrada. Pero las de la planta principal conservan en todo su esplendor y fastuosidad la ornamentación de Carlos IV, a cuya época corresponden todos los elementos, salvo cuando se especifica lo contrario. Las magníficas colgaduras de seda son, en su mejor parte, de Lyon, pero también se colocaron sedas valencianas labradas por la familia Bodoy. Para esta Casa se tejieron en la Real Fábrica riquísimas alfombras, que se conservan en el Palacio Real de Madrid, con motivos "pompeyanos" según diseños de Manuel Pérez.
En el vestíbulo se conserva una copia dieciochesca en escayola del Cástor y Pólux que estaba en el Palacio de San Ildefonso, y dos bustos de Marte y Minerva procedentes de aquel Palacio, obras romanas del siglo XVII.

La escalera principal, que se realizó en 1799, es una obra riquísima de mármoles, bronce y caoba. Villanueva hubo de seguir aquí los diseños de Dugourc, que se inspiró en la que Brogniart había realizado en l 787 para el hotel parisino del Príncipe de Masserano, embajador de Carlos IV. El encanto del movimiento que sugieren sus dos tiros semicirculares se disfruta al llegar al rellano principal, cuyos elementos escultóricos se deben a Hermenegildo Silici. Destaca el relieve con los retratos de Carlos y María Luisa sobre la puerta de ingresó a las habitaciones. Los dos bustos de Juno y Amazona proceden también de La Granja.
De aquí se sale a una de las terrazas que dominan el patio, adornadas con bustos italianos de los siglos XVII y XVIII que siguen modelos clásicos.

El Salón del Rey, o Sala de Billar, cuya mesa parece ser ya fernandina, tiene la bóveda pintada al fresco por Maella en 1799, con Los cuatro elementos. Destaca la espléndida colgadura tejida en Lyon con vistas de Madrid y los Sitios Reales, curiosísimas, enmarcadas en ornamentación que se inspira en las logge di Raffaello vaticanas, y característica del sutil paso del gusto "etrusco" al Imperio, al igual que la chimenea, de mármol blanco y adornos de cristal pintado y dorado. Todo ello fue diseñado por Dugourc. El gran reloj de caoba, bronces, talla dorada y cristales grabados es obra de Manuel de Rivas, 1804. Él friso, bellamente pintado al temple, es de Manuel Muñoz dé Ugena, como los de todas las demás salas.

 

La Galería de Estatuas, diseñada por Dugourc, es una pieza magistral del gusto neoclásico; la completa articulación de sus paredes con orden corintio está realizada en escayola imitando con perfección el mármol. Los relieves escultóricos del friso y las sobrepuertas son de José Ginés. Carlos IV encargó a Cánova unas esculturas que nunca llegaron a ocupar su lugar, en los nichos de las paredes largas. Los bustos de filósofos y escritores griegos fueron de la colección del embajador en Roma, y amigo de Mengs, José Nicolás de Azara, que la legó a Carlos IV. Casi todos proceden de la Villa Adriana en Tívoli, y son en su mayor parte copias romanas de originales griegos. Se colocaron aquí ya en el reinado de Fernando VII, y recargan la decoración y la espaciosidad original de la Sala, al igual que el colosal Reloj de la columna Trajana, obra francesa comprada por Carlos IV a la viuda de Godon en 1803. Las pinturas de la bóveda son de Zacarías González Velázquez y han de fecharse entre 1800 y 1806. Representan la Noche, el Día, el Lucero Matutino, la Vía Láctea, alegorías de la Agricultura, las Artes y la Industria, y en los testeros a Flora y Baco.
El pavimento de esta habitación ofrece una combinación riquísima de mármoles españoles, obra de los marmolistas del taller de Palacio, bajo la dirección de Lorenzo Poggetti; pero en este caso está enriquecido con seis fragmentos de mosaico romano, procedentes de Mérida.


La Saleta de la Reina está adornada con una riquísima colgadura de seda realizada en 1803 por el bordador de Cámara del Rey, Juan López de Robredo, con camafeos ovalados, pájaros, grecas, guirnaldas y otros motivos del repertorio herculanense sobre fondo crema. El techo, con Orfeo y Eurídice entre adornos pompeyanos, es de Manuel Pérez.
La saleta de la terraza hay que limitarse a verla desde la puerta: la colgadura valenciana es de seda lisa con flores pintadas; el techo, por Juan Duque, representa La Agricultura. El tablero de la mesa, de finales del XVIII, constituye un muestrario de mármoles que no parecen españoles.
La saleta del ángulo, con colgadura de seda lionesa tejida por Pernon, zócalo con mariposas pintadas y techo de Juan Duque, con pájaros orientales y las armas de España, está amueblada con un conjunto de consolas y rinconeras, sobre las cuales hay relojes y jarrones franceses del primer tercio del siglo XIX.
Saleta de entrada. El techo, de Zacarías González Velázquez, representa en sus tres compartimentos: Apolo y las Musas y los respectivos raptos de Ganímedes y Elena. Colgadura lionesa, de Pernon. Los relojes y jarrones son franceses del primer tercio del XIX.
Salón de la reina María Luisa, la pintura al fresco en la bóveda, por Maella, representa La Paz y sus beneficios sobre los trabajos humanos en cada una de las cuatro estaciones y data de 1798. El friso tiene paisajes pintados en tondos y medallones sobre lienzo. La fastuosa colgadura tejida en Lyon por Pernon sobre diseños de Dugourc, como la de la Sala de Billar, contiene noventa y tres vistas de Aranjuez, El Escorial y otros lugares de España e Italia; son especialmente curiosas, por lo que se refiere a este Real Sitio, las dos del estanque del Jardín del Príncipe, con el templete chinesco de Villanueva, antes de su destrucción durante la invasión napoleónica. Las cuatro sobrepuertas son composiciones mayores, animadas también por el gusto por la antigüedad clásica. Sobre la chimenea, de mármol de Carrara, el reloj con Ceres es una obra destacada de Godon, relojero de Cámara de Carlos IV, mientras que los demás son ya del primer tercio del XIX. El pavimento, de la época de construcción de la Casa, es de porcelana. Las tres consolas y las doce sillas, según diseños de Dugourc, constituyen su mobiliario original.
Salón Principal o de Baile, es el mayor de la Casa, y su suelo tampoco es de mármoles, sino entarimado. La bóveda empezó a pintarla Bayeu pero la acabó Maella, que la firmó en 1792, con El poder de la Monarquía Española en las Cuatro Partes del Mundo, con varias alegorías del Comercio, la Agricultura, la Industria, las Ciencias y las Artes en torno a la figura de España. El mobiliario, con ricas consolas y asientos poblados de leones, es ya del reinado de Fernando VII, salvo el monumental reloj con música de órgano y timbales, realizado entre 1798 y 1804 según diseños de J.B. Ferroni, que es de la época de Carlos IV, como el resto del suntuoso conjunto decorativo. La colgadura de seda tejida en Lyon por Pernon, siempre según los diseños de Dugourc, representa, en color "rojo etrusco" sobre fondo amarillo, motivos pompeyanos tomados de las Antigüedades de Herculano -bailarinas, sátiros danzantes, Júpiter y Juno- alternados de modo que produzcan variedad. Al mismo repertorio corresponden los adornos de la delicada chimenea de mármol con incrustaciones. Los temas clásicos y naturalistas representados en el friso pintado sobre lienzo son de una gran variedad y delicadeza. Las grandes arañas de bronce y cristal, así como los jarrones y relojes son, como es usual, franceses de la época de Fernando VII. Destacan las grandes ánforas de Sévres, con paisajes, que están colocadas sobre pedestales en los ángulos de la Sala. Choca con la unidad decorativa del conjunto el sillón y la mesa de malaquita rusos, de estilo seudobarroco, regalo de boda del zar Alejandro III a Isabel II en 1846.
El ala oriental de la Casa contiene ocho habitaciones, entre ellas los dos gabinetes más preciosos. Los relojes y las porcelanas adquiridos por Fernando VII son parisinos.
Primera saleta. Techo pintado por Zacarías González Velázquez: Neptuno, Cupido, Venus y las Gracias, sobre lienzo que figura ser un tapiz. Parte de la serie de Vistas de los Sitios Reales por Fernando Brambilia, relativas a La Granja, Valsaín y Riofrío. Colgadura lionesa de la época de Carlos IV, y mobiliario fernandino.
Segunda saleta. Bóveda con pinturas de estilo pompeyano por Manuel Pérez.
Tercera saleta. Bóveda pintada al óleo por Manuel Pérez, con paisajes pastorales con ruinas de acento romántico en las tarjetas octogonales, enmarcados por roleos y otros motivos pompeyanos inspirados en las logge. Estas tres saletas tienen colgaduras valencianas y muebles de la época de Carlos IV.
Cuarta saleta. Bóveda decorada por Japelli con escenas variopintas: El rapto de las sabanas, Astrónomos, Campesinos Italianos, Vuelo de un globo y Descenso de Lunardi en paracaídas. Los adornos que las enmarcan no son menos heterogéneos, pues en su mayor parte son pompeyanos, pero también hay rasgos goticistas.
Quinta saleta, o del Cristo. Son de Japelli las pinturas del techo, con temas diversos, de sensibilidad prerromántica y novelesca, enmarcados en ornatos inspirados en las bóvedas romanas de la Domus Aurea. Los cuadros de la serie de Vistas de los Reales Sitios de Brambilla representan fuentes y otros aspectos de La Granja. Colgadura lionesa de Pernon, y muebles según diseños de Dugourc.
Gabinete de Platino. Es el espacio más rico e importante desde el punto de vista artístico, pues se debe a los arquitectos y decoradores de Napoleón, Percier y Fontaine, que lo publicaron luego en su Recueil de décorations interieures. El encargo se hizo en 1800, estaba en marcha durante 1801-1807, y no se concluyó de montar por completo hasta después de 1808. La boiseríe de caoba, con incrustaciones de bronce dorado y platino, y los espejos intentan crear la ilusión de que este pequeño espacio cuadrado fuese una galería, efecto especialmente logrado en los arcos de los testeros semicirculares, cuyos espejos reduplican la bóveda de cañón. Aquí brilla en toda su pureza y lujo el estilo Imperio. Las pinturas son dignas de su marco, pues las grandes Alegorías de las Cuatro Estaciones y las pequeñas Alegorías del Amor, la Ciencia, la Música, en tondos, son de Girodet. Bajo los espejos, los cuatro paisajes son de Bidaut; y las vistas del Louvre, de Florencia y de Nápoles, de Chébeat.
El retrete es una obra maestra del estuquista Antonio Marzal, que imitó e incluso superó las obras semejantes de los hermanos Brilli en el Palacio Real de Madrid, siguiendo la maqueta en que Isidro González Velázquez parece atenerse a diseños de J.D. Dugourc. Las pilastras jónicas encuadran paneles ornamentados con tan extremado refinamiento que resulta casi excesivo el carácter preciosista de esta pieza. Quizá su destino como retiro fuese la causa de esta diferencia de tono respecto a la Galería de Estatuas y la escalera, más sobrias y monumentales en sus dimensiones también reducidas. Las pinturas de la bóveda, por Zacarías González Velázquez, contienen obvias alusiones al Aire, la Vigilancia, la Fuerza y el Descanso. El magnífico suelo marmóreo integra fragmentos de mosaico romano. La consola, con fasces y guerreros, es en realidad el modelo de la definitiva, que no llegó a hacerse, en bronce, pero sí las banquetas con cabezas egipcias.

Sala de Corina, que debe su nombre a la figura de la poetisa griega sobre el reloj francés que hay en el centro. Techo pompeyano, el más digno de atención de los realizados aquí por Manuel Pérez. Los cuadros de la serie Vistas de los Reales Sitios, de Brambilia, representan fuentes y otros aspectos de La Granja. Mobiliario Carlos IV.
Última saleta, con techo de Juan Duque inspirado en las pinturas romanas de la Domus Aurea, y más cuadros de la misma serie de Brambilia- el friso, como el de la sala anterior, es de estuco, y la colgadura lionesa dé Pernon. A continuación 3e pasa por la primera saleta y el Salón de Baile.

Sala de la Yeguada, con lienzos de Zacarías González Velázquez que recubren el techo y las paredes, con idéntico sentido de horror al vacío que dictaba la colocación de los tapices en los palacios infernales de El Pardo y El Escorial. Representan paisajes de Aranjuez, con Carlos IV y Godoy cazando, caballos de la Real Yeguada -entre ellos de la extinguida raza "acarnerada"- y otras escenas campestres. El mobiliario sigue diseños de Dugourc.
La escalera 'de servicio' es la primitiva de la Casa. Las graciosas pinturas murales ilusionistas, con personajes a la moda de la primera década del XIX, son de Zacarías González Velázquez.
La planta alta tiene cuatro habitaciones pequeñas no visitables con decoración de la época de Carlos IV y Fernando VII, con techos de Juan Duque.


Jardín del Príncipe:
Creado por Carlos IV, quien lo inició siendo todavía Príncipe de Asturias y lo concluyó siendo Rey, entre 1789 y 1808. Contrapuesto al de la Isla, es un Jardín paisajista que sigue la moda inglesa y francesa de fines del XVIII, pero conviene no olvidar que en él se integran elementos anteriores, como la huerta de la Primavera y el embarcadero de Fernando VI, y lo hecho por Carlos IV no es uno sino varios jardines.
Se accede al Jardín por la primera de las entradas monumentales, la puerta del embarcadero, y avanzando por la calle del mismo nombre queda a la derecha la antigua huerta de la Primavera, y a la izquierda el Tajo, que hace una curva con la que se encuentra el final de esta avenida: allí está el embarcadero que da nombre a la calle, precedido por una glorieta con cinco pintorescos pabellones. El más grande o pabellón real fue levantado por Bonavía en 1754, mientras que los otros cuatro se edificaron durante el reinado de Carlos III, para que el príncipe y la princesa de Asturias, Carlos y María Luisa, los utilizasen como casino de recreo; entonces se dispuso también, entre ellos, el pequeño jardín ochavado, que a modo de patio de honor separaba la calle del Embarcadero y el pabellón principal. Un casino semejante tenía el infante don Gabriel al otro lado del río.
Estos pabellones dispuestos a partir del embarcadero de Fernando Vi dieron lugar al gusto del futuro Carlos IV por este lugar, donde pasaba las mañanas primaverales, y por tanto al Jardín del Príncipe, que fue surgiendo por adiciones sucesivas desde 1772.

Dentro del área de los cinco primeros jardines se encuentran dos obras de arquitectura típicas de las "fábricas de jardín" paisajistas, que datan del reinado de Carlos IV y pretendían dar al vergel, visto desde el río, un aspecto pintoresco; ambas fueron dirigidas por el ingeniero Domingo de Aguirre: el Fortín, inmediato al embarcadero, albergaba una batería de cañoncitos, con la que se hacía la salva a las embarcaciones donde los Reyes surcaban el Tajo.
Volviendo al Jardín, se recorre el área entre la antigua Huerta de la Primavera y el río: la Fuente de Narciso se construyó en tiempo de Carlos IV, pero, dañada durante la ocupación francesa, hubo de ser rehecha en 1827 por Joaquín Dumandre, que se inspiró en la fuente de los sátiros que adornaba el parterre principal de Villa Albani, en Roma, muy conocida ya desde 1761. En torno a esta Fuente se situaba el "tercer jardín". El centro del "cuarto jardín" estaba ocupado por una plaza oval donde, antes de 1804, se instaló la Fuente de Ceres, destruida también y rehecha en 1828; ahora sólo queda en su lugar el pilón, porque los grupos escultóricos fueron trasladados al Parterre a principios del siglo XX.
Se llega así a la calle de Apolo, llamada de Isabel II. Durante el reinado de Carlos III acababan aquí los cinco trozos que por entonces estaban hechos del Jardín del Príncipe, limitados por este lado mediante un foso o hâ-hâ, sustituido en época de Carlos IV por la calle actual.
La Fuente de Apolo, que cierra de modo escenográfico la perspectiva de esta calle, es la única que tiene carácter arquitectónico entre las que adornaban el Jardín del Príncipe, pues las demás eran puramente escultóricas, si bien hay que tener en cuenta que el programa pensado por Carlos IV hubo de ser recortado por razones económicas. En 1789-1790 se pensaba colocar esta estatua en el peñasco del manantial del estanque chinesco, pero poco después se desechó esta idea y se eligió el emplazamiento actual. La Fuente se inició en 1803, pero no se concluyó hasta el reinado de Fernando Vil, según "nueva invención y diseño" de Isidro González Velázquez, hacia 1828.

Las obras del Jardín al otro lado de esta calle no se emprendieron hasta 1785, y por tanto no aparecen reflejadas en el plano de Boutelou, que es del año anterior. Este sexto tramo del Jardín era llamado anglo-chino y sus elementos más destacados se encuentran en torno al estanque chinesco.
El cenador chinesco construido por Villanueva -cuya imagen se ha conservado en una colgadura bordada de la Casa del Labrador desapareció a consecuencia de la invasión francesa. El actual data del reinado de Fernando VII y se debe a Isidro González Velázquez, que se atuvo a la misma planta, pero varió mucho el alzado. Recientemente se ha vuelto a pintar con los colores originales tal y como aparecen en el cuadro de Brambilia. El templete monóptero de orden jónico sí es, en cambio, el levantado por Villanueva, que hubo de acomodarse aquí a un pie forzado determinante: las diez columnas de mármol verde de Italia, que se trajeron de La Granja, donde las había hecho llevar Felipe V. También de la colección de este Monarca eran los ídolos egipcios que había sobre los pedestales de los intercolumnios, comprados a los herederos de la reina Cristina de Suecia, y que ahora se hallan en el Museo del Prado.
Completan el adorno arquitectónico del estanque los dos "escollos" o rocas artificiales: el primero, de donde salía el agua que alimentaba el estanque, iba a estar coronado en principio con la estatua de Apolo, que finalmente se colocó en la fuente del mismo nombre; el otro constituye la base de un obelisco cuya piedra se eligió con la intención de que se asemejase al granito oriental avellana, según los diseños de Villanueva. Todo esto se llevó a cabo hacia 179l. Se construyó también un "barco chinesco", a modo de pequeña góndola, para navegar en el estanque.
Este sexto jardín acaba en la calle de las Islas Americanas, y Asiáticas (o de Carlos III), donde empieza el séptimo, que se extiende hasta la calle del Blanco (o de Francisco de Asís), dividido en dos por la calle del Malecón. El muy notable tratamiento paisajista de esta parte del Jardín, que se empezó hacia 1793, está muy desfigurado.
También entonces se inició la ordenación del sector que quedaba entre los jardines sexto y séptimo y el río, zona denominada las Islas americanas y asiáticas en el siglo XIX, por la procedencia exótica de la vegetación, dispuesta en senderos tortuosos, colinas y riachuelos artificiales. En esta zona debieron concentrarse, por tanto, la mayor parte de las especies exóticas traídas por Carlos IV, a las que aluden las descripciones del XVIII. La riqueza botánica constituye el elemento de mayor valor del Jardín, por encima de su trazado. Parece ser que Carlos IV quiso hacer en este rincón, el más apartado del Jardín, varias arquitecturas de jardín que no llegaron a concluirse y entre las que destaca el montículo artificial denominado la "montaña rusa". En su base se empezaron unas interesantes estructuras con aspecto de sala basilical, según diseños de Villanueva, pero quedaron inacabadas, y su discípulo Isidro Velázquez, ya en tiempo de Fernando VII, se limitó a coronar la elevación con un templete de madera, cuadrado, similar al del "chinesco", pero mucho más sencillo.
El octavo jardín empieza en la antigua calle del Blanco, llamada de don Francisco de Asís desde el reinado de Alfonso XII, cuando, en 1882, se reemplazaron sus tradicionales alineaciones de chopos de Lombardía por coníferas. Este jardín, que rodea la Casa del Labrador, fue creado en 1803 al terminarse aquella, pero se parece muy poco a como fue originalmente. La Casa del Labrador quedaba aislada por un antiguo cauce o madre del Tajo que se mantuvo a modo de ría y que se atravesaba por medio de tres puentes de madera. La ría fue suprimida por Isidro González Velázquez en 1828, formando una amplia plaza con árboles pequeños y cuadros de flores que se ha ido estrechando progresivamente.
El resto del terreno que se extiende entre la calle de la Reina y el Tajo constituye el Parque de Miraflores, creado en 1848 por iniciativa del Marqués de ese título, gobernador de Palacio durante los primeros años del reinado de Isabel II, y según el proyecto de J. Whitby. Este malogrado parque a la inglesa no se halla abierto a la visita
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5. Anécdotas

EL MOTÍN DE ARANJUEZ Y LAS ABDICACIONES DE BAYONA: en torno al príncipe Fernando se formo el partido fernandino, que agrupaba a todos los descontentos de la política ilustrada de Godoy, que eran muchos. Fernando, apoyado por sus partidarios preparó una revuelta para hacerse con el poder. Pero lo descubrieron, rápidamente pidió perdón, obviamente delatando a sus partidarios. Es el motín de Aranjuez. Con estos líos de familia y Napoleón en España, con la excusa de invadir Portugal (el plan era trasladar la frontera francesa al río Ebro y darle a cambio a España un trozo de Portugal), el corso convocó a la familia en Bayona. El rey, la reina, el príncipe y Godoy comparecieron muy solícitos ellos. Carlos IV había abdicado en Fernando, Fernando abdica en su padre, Carlos IV lo hace a su vez en Napoleón y este a su vez, lo hace en su hermano José I. Rápidamente bautizaron los españoles a este rey, con el mote de Pepe Botella, una copla popular decía así: "Pepe Botella, baja al despacho. No puedo bajar, que estoy borracho." La coplilla es graciosa, pero malintencionada y falsa, pues el hermano de Napoleón, era totalmente abstemio. Y es que la guerra de la Independencia fue todo un lío, que te cagas, que se dice ahora. Pepe Botella queriendo modernizar a España y los españoles que no quieren ser modernizados y le forman una guerra. Pero otra parte de los españoles, los ilustrados, cargándose el Antiguo Régimen en Cádiz, aprovechando la guerra contra los que querían cambiar el Antiguo Régimen; los franceses y Pepe Botella. Mientras tanto Fernando VII, su tío, su hermano y unos pocos más de amigos y servidores estaban en el castillo de Valenzay, por cuenta de Napoleón. Allí Fernando VII se dedicaba a jugar al billar con su pandilla y de allí surgió la famosa frase "así se las ponían a Fernando VII", que se refiere a las buenas condiciones en que se presenta una situación, ya que sus amigos, para que Fernandito estuviera contento le ponían adrede muy facilongas las bolas de billar para que hiciera muchas carambolas. Vamos, lo mismo que a Franco las ballenas o , según dicen, a Don Juan Carlos, los venados.

LA CAZA Y PESCA: La abundancia de caza era uno de los principales atractivos que el Real Sitio de Aranjuez tuvo para los monarcas, aficionados todos ellos a la práctica de esta actividad. Desde la época de Felipe V son abundantes los testimonios que nos cuentan cómo los ciervos se acercan a las puertas de las casas, como si de animales domésticos se tratara.

Charles Rouvray, duque de Saint Simon, en sus narraciones sobre el viaje que realiza en España a la Corte de Felipe V, nos cuenta su asombro cuando, en Aranjuez, vio cómo un criado, subido sobre una especie de vela de madera con una puerta, se puso a silbar y al momento «la pequeña plaza se llenó de jabalíes y de jabalinas de todos los tamaños entre los que había varios muy grandes y de un grosor extraordinario. Ese criado les arrojó mucho grano en distintas ocasiones, que esos animales comieron con gran voracidad, a menudo gruñendo, y los más fuertes se hacían ceder el sitio por los otros, y los jabalíes más jóvenes, retirados a los bordes, no osaban aproximarse hasta que los más grandes se hubieran hartado».En los plantíos de los árboles pequeños que había entre las grandes avenidas de árboles gigantes, paseaban en libertad «ciervos y jabalíes, junto con innumerables liebres, conejos, faisanes, perdices y numerosas especies de pájaros»

Esta cercanía de las bestias, no es sino la permanencia de una costumbre de los Austrias que se mostró también en el palacio del Buen Retiro, donde la Casa de Fieras estaba muy cercana al palacio. Aranjuez no se privó tampoco de su Casa de Fieras, por llamarse así el lugar donde vivían animales traídos de países exóticos como los camellos y los búfalos, pero también había cebras, guanacos y un elefante, todos sueltos, sin miedo a que se escaparan de aquella especie de oasis donde vivían felizmente, porque fuera del vergel estaban las arenas áridas -y con un alto grado de salinidad- de las colinas.

Este afán de los reyes por la caza y por la propia presencia de los animales en libertad, favoreció la cría de otros animales, y así en los sotos se encontraban piaras de yeguas para la cría de caballos de montar, y, según asegura Ponz también <yeguas de raza napolitana para caballos de coches; en la Casa de las Vacas y sus cercanías, (además de otras dos castas de yeguas normandas y suizas para caballos de coches) gran número de vacas de varios colores: unas originarias del país; otras de raza holandesa y otras de Suiza».

Felipe V e Isabel de Farnesio solían salir a cazar a caballo diariamente, después de haber despachado los asuntos de estado y no volvían hasta que se ponía el sol. Igual hacían por su parte el Príncipe de Asturias y sus hermanos pequeños. En el centro del mar de Ontígola, ya en época de los Austrias, se había levantado un pabellón de caza para que Felipe IV pudiera disparar a los animales que se acercaban a la orilla hostigados por los monteros. Y si bien en la época de los Borbones el lago ya no se utilizaba sino para los paseos en las góndolas pequeñas, esta costumbre de cazar desde el agua la adoptó también la nueva dinastía de los Borbones que, a menudo, en los paseos sobre el Tajo en las barcas reales, disparaban también a la orilla, donde los perros y los criados habían acorralado a los bichos. Y en el mismo Ontígola, aquella especie de laguna o embalse cerca del cual se encontraba el cementerio en que se enterraba a los que morían durante su estancia en el Real Sitio, se celebraban también corridas acuáticas enfrentándose los cortesanos a los toros desde las barcas.

Igualmente, la pesca se disfrutaba apaciblemente desde las propias naves pequeñas del lago, para lo que se mantenía permanentemente una abigarrada población de peces en sus aguas. También se pescaba desde las galerías del Tajo, que eran unos pequeños entrantes en el río, construidas ya en época de Felipe III y que procuraban espacios cómodos y agradables, no sólo para pescar, sino simplemente para descansar viendo el correr del agua.



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