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EXCURSIÓN A TOLEDO

Localización

Capital de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha. Es una de las provincias más grandes del país, casi partida en dos de este a oeste por el Tajo a unos 71 Km. al sur de Madrid, A 529 metros de altitud, sobre el nivel del mar, cuenta con una población aprox. de 70.000 habitantes.

Clima

En general predominan inviernos y veranos largos y rigurosos, propios de los climas continentales; y en las zonas montañosas del norte y sur, las temperaturas propias de la altura y de la orientación de sus montañas. Las temperaturas mínimas (oscilan durante el día entre los 5 y los 10 grados centígrados, descendiendo algo más durante la noche ) se suelen dar en enero, siguiendo las de diciembre, febrero y noviembre; las máximas absolutas suelen darse en la segunda quincena de julio y durante el mes de agosto.


Se podría decir que esta provincia se caracteriza por la sequedad de la atmósfera durante dos tercios del año, registrándose la mayor humedad relativa entre los meses de noviembre a febrero, siendo máxima en las regiones montañosas y mínima en la zona de la Mancha. El mes más lluvioso suele ser abril.


Historia

Historia y mitología se mezclan en el origen de esta ciudad universal, que combina sabiamente la luminosidad de su silueta sobre el Tajo y la oscuridad tortuosa de sus sinuosas callejas.
Tras la conquista de Iberia, la ciudad fue eternamente romanizada. Fortaleza, murallas y un grandioso puente sobre el Tajo (que luego los árabes llamaron Alcántara), junto con grandes obras públicas, como el alcantarillado y el circo, hicieron de Toletum una de las grandes urbes del imperio.


En el año 466, Eurico entra en Toledo, aunque la ciudad no será corte del reino visigodo hasta la coronación de Recaredo. Con éste se oficializa también el cristianismo como religión dominante.
Si la comunidad judía era numerosa en Toledo desde antes incluso de la dominación romana, el cristianismo había ido creciendo en importancia, hasta el punto de que con Recaredo los obispos son consejeros reales y los Concilios funcionan a veces como Consejos de Estado. Esta situación se oficializa en el III Concilio de Toledo, que proclama el catolicismo religión oficial del reino.


Diecisiete monarcas gobernaron España desde Toledo a lo largo de un siglo y cuarto, del 587 al 711, año en que, víctima de enfrentamientos con la nobleza, termina dramáticamente la monarquía visigoda.
Durante tres siglos, gracias a la tolerancia musulmana, convivieron en la ciudad árabes, bereberes, muladíes, judíos y mozárabes, que hicieron de Toledo una villa próspera y culta.
La entrada de Alfonso VI en Toledo, el 25 de mayo de 1085, marca el principio de una época de gran prosperidad, gracias a la generosa capitulación que otorga el rey cristiano.
Desde entonces Toledo crece en poder e influencia, hasta llegar a convertirse en la capital cultural de Occidente. En este hecho influyen el establecimiento de la sede primada de España, su situación de centro neurálgico del empeño bélico de la Reconquista, la creación por Alfonso X de la Escuela de Traductores de Toledo y el definitivo asentamiento del trono de España.
Con Carlos I y Felipe II, Toledo se convierte en la capital del imperio. Precisamente la grandeza del imperio marca el declive de su capital, pues Toledo se queda pequeña para las necesidades de la burocracia imperial.
Así en mayo de 1561, Felipe II y su corte abandonan la ciudad del Tajo, para marchar a la nueva capital del reino. Se iniciaba el lento declinar de la vieja ciudad imperial, que durante años pareció vivir vuelta hacia su espléndido pasado.


Por fin, con la vuelta a la normalidad democrática y con la constitución del Estado de las Autonomías, Toledo ha vuelto a recuperar la capitalidad, esta vez de la Comunidad de Castilla-La Mancha, y ha visto resurgir el antiguo vigor cultural y económico que la han hecho célebre en todo el mundo.


Monumentos

Podemos dar un paseo por Toledo y comenzamos bajando del Alcázar donde se encuentra la célebre Plaza de Zocodover, punto de encuentro del viajero, antiguo mercado árabe y centro de la vida toledana en la actualidad. Desde esta plaza se llega al Museo de Santa Cruz, y de esta plaza parten los caminos hacia el casco histórico (por la calle Comercio, haciendo honor a su nombre), y también la bajada a la zona de La Vega. Otro lugar interés para el viajero son las ruinas del Circo Romano que se encuentran bajando justo de la Puerta Bisagra y casi adentrado en el barrio de la Reconquista.


Interesante lugar de reunión resulta el Parador de Toledo, enclavado en la parte alta del valle del río y desde el cual podemos divisar una bella panorámica de la ciudad (idóneo para los amantes de la fotografía).
En la misma cuesta de subida hacia el valle nos encontramos a la derecha, la Ermita de la Virgen del Valle. Esta ermita fue reedificada en 1626.
Subiendo por los riscos, se llega a la peña del Moro, que está sobre la ermita. La cúspide son unas soberbias rocas de granito que forman oquedades y adoptan figuras caprichosas. Una de las rocas se destaca con una extraña forma que es la Peña del Moro.


Según cuenta la leyenda, un día, poco tiempo después de conquistada Toledo , un príncipe árabe, Abu-Walid, aparece por estas peñas con su ejército para reconquistar Toledo, y promete no abandonar nunca, sea cual sea su suerte, la ciudad amada.
Una noche, el Cid Campeador y un puñado de cristianos, dan un golpe de mano en el campamento árabe ; Abu-Walid perece y sus generales piden al Cid, antes de retirarse, que les permita labrar allí un sepulcro y dejar el cuerpo del infortunado Abu-Walid contemplando eternamente la ciudad. Ese sepulcro aún existe, y muy pocas personas lo descubren. Está cavado en una gran piedra asentada sobre otra plana, y se aprecia perfectamente la forma de antropoide y el rebaje de la piedra para la tapa. Ese extraño sepulcro allá en lo alto y las formas caprichosas de la roca, han creado una de las tradiciones más bellas de Toledo.
Desde este punto divisamos además de los monumentos más sobresalientes de Toledo, hacia la derecha La Academia de Infantería y justo a su lado el Castillo de San Servando. Sería un pecado marcharse de Toledo sin estar en este punto de la ciudad y si el horario del viajero lo permite visitarlo por la noche en fines de semana aprovechando la iluminación de los monumentos como La Catedral, Alcázar, etc.


Si continuamos bajando la cuesta del valle (no perder de vista Los Cigarrales que se encuentran en el camino) llegamos hasta el puente de San Martín, y cerca de allí el Baño de la Cava. Recomendable también es visitar la ermita de La Virgen de la Bastida, que se accede a ella saliendo por la carretera hacia la Puebla de Montalbán y subir un kilómetro de monte. De la misma manera si partimos por el otro lado del valle llegamos justamente al Puente de Alcántara punto desde el cual nos podemos comunicar con La Plaza de Zocodover (eso sí preparándonos para subir cuestas), y si tenemos la fortuna de hacerlo en martes podremos visitar el mercadillo tradicional que se instala justo en la subida del puente a Zocodover.


Hacemos una descripción detallada de algunos de los monumentos de la ciudad:

- La Catedral
A la Catedral de Toledo ha llegado sin duda el viajero casi sin proponérselo; su acorazada torre ha aparecido ya mil veces ante los ojos del viajero, como un reclamo, desde cualquier esquina. Y ahora cuando al fin hemos llegado a sus plantas, merece la pena que nos detengamos a contemplarla.
A lo largo de ciento sesenta años trabajaron en su construcción los mejores arquitectos, alarifes y maestros de geometría de España y Europa.
Pocas iglesias del mundo pueden mostrar una gama más completa y pura de vidrieras; todos los colores, del rojo más profundo, al azul más lejano, todos los dibujos, todas las formas. Hay un jardín flotante, un museo transparente y volador, en los aires de la Catedral de Toledo. Por un momento creería el sorprendido viajero hallarse entre los muros de una de esas mezquitas de cristal y loza que pueblan las colinas de Estambul.

- Puerta de Bisagra
Se levantó en los últimos años del reinado de Carlos V, para sustituir a la antigua Puerta de
Bisagra, que se había quedado insuficiente. El conjunto está compuesto por dos cuerpos independientes, unidos por muros laterales que determinan un amplio patio central. La fachada externa con que tropezamos primero al entrar está protegida por dos torreones circulares y en cada una de las cuales figura un rey godo, como parte del escudo de Toledo. El centro de la fachada está ocupado por un gigantesco escudo imperial con el águila bicéfala. Por encima del escudo, sobre un frontón triangular, está la estatua del ángel tutelar de la ciudad. Un mal día, la peste aciaga quiso entrar en la ciudad, pero el ángel la detuvo con su espada. "Tengo permiso de Dios para matar a siete", dijo la peste y el ángel la dejó entrar. En aquella peste murieron siete mil toledanos. Cuando la peste ya se iba, el ángel entristecido, le reprochó: "Me dijiste que sólo ibas a matar a siete y has matado a siete mil"."Yo sólo maté a siete, comentó la peste, a los otro los mató el pánico".
Dentro del patio, fijémonos en la hornacina con la estatua del primer obispo de Toledo, San Eugenio. Por encima de la estatua, hay una lápida con los versos que mandó esculpir Wamba en las puertas de la ciudad. Y por debajo, otra lápida, en latín diciendo que fue Felipe II quién mandó retirar las inscripciones árabes colocadas en las puertas y que "habían venido mostrando hasta el presente la impiedad de aquella raza", mandando restablecer las anteriores inscripciones godas dedicadas a los santos patronos.
En el centro del patio, la estatua de Carlos V. La siguiente fachada, está flanqueada por dos torres acabadas en capiteles piramidales y un escudo policromado entre ellas. Tras cruzar ante las puertas que dan a los aposentos superiores y a los sótanos, se sale por fin a la fachada interior, adornada con un nuevo escudo de armas imperiales y una inscripción debajo que traducida, dice: "En el año de 1550, anuncian la durable tranquilidad del Estado los serenísimos Juana, Carlos, Felipe y Carlos, madre, hijo, nieto y biznieto.


- Mezquita del Cristo de La Luz
Ya existía un templo aquí en tiempos visigodos, convertido luego en mezquita durante la ocupación árabe y finalmente, en ermita cristiana. Las leyendas del Cristo de la Luz se entretejen con la historia del edificio. Cuando aún era iglesia visigótica, un judío pérfido y malo untó de veneno el pie del Cristo. Cuando los cristianos se acercaban a besarlo , el Cristo retiraba sus divinas plantas. Enfurecidos los judíos por su fracaso robaron de noche al Cristo, le clavaron una pica en el costado y lo sepultaron en un estercolero. Pero el rastro de sangre milagrosa que el Cristo fue dejando y los resplandores que surgían del basurero denunciaron a los culpables que fueron descuartizados.
Al invadir los árabes Toledo, los cristianos escondieron la imagen en un hueco del muro con una vela encendida y lo tapiaron. Pasan los siglos y Alfonso VI reconquista Toledo . Al entrar el cortejo triunfal a Toledo y cruzar por delante de la mezquita, el caballo de Alfonso VI se pone de repente de rodillas; manda el rey investigar y, en el muro hueco, aparece la imagen del Cristo ahumado por la vela que todavía seguía milagrosamente encendida, después de casi cuatro siglos.
Allí se dijo por primera vez misa y dejó Alfonso VI su escudo como recuerdo (hoy en Santa Cruz). El lugar en que el caballo de Alfonso VI cayó de rodillas aparece aún hoy día señalado mediante una piedra blanca que sobresale de las demás.
La mezquita consta de una serie de bóvedas de crucería sostenidas por arcos de herradura que se apoyan a su vez sobre columnas de mármol rematadas por capiteles visigodos.


- Puerta del Sol
Su origen, si atendemos a su construcción, hay que fijarlo en el siglo XII , tal vez en el reinado de doña Urraca o de Alfonso VII. En cualquier caso, es una de las más bellas obras mudéjares de la ciudad, cuya estampa define bien el espíritu de ésta. El conjunto lo componen dos torreones, cuadrado el de dentro, semicircular y con matacanes el de fuera, unidos por un cuerpo central, algo más bajo. En este cuerpo aparecen dos bellas arquerías, de arcos de herradura entrelazados los de abajo y lobulados los de arriba. Y varios arcos de herradura y apuntados. Bajo el mayor de los arcos, en un triángulo inscrito en una circunferencia, se ve un relieve con la Virgen vistiendo la casulla a San Ildefonso.
Desde la terraza de la muralla podemos visitar el interior de la torre. No tiene nada de especial, si no es la emoción de sentirse entre aquellos muros estrechos y guerreros, observar los huecos de los matacanes por los que se arrojaba aceite hirviendo y piedras o subir a las almenas y contemplar una panorámica privilegiada.


- Ermita del Cristo de la Vega
También conocida como Basílica de Santa Leocadia. Cuando fue martirizada la virgen Leocadia en el siglo IV, los cristianos enterraron su cuerpo en este lugar, levantando sobre ella una ermita. El rey visigodo Sisebuto, estimulado por San Eladio obispo, levantó una basílica muy suntuosa en la que tuvieron lugar algunos de los famosos concilios de Toledo. En el año 660, estando reunidos el rey Recesvinto, el obispo San Ildefonso, la nobleza y el clero, Santa Leocadia se apareció a San Ildefonso dejándole un trozo de su manto, hecho que recogen con detalle los historiadores de la época.
El edificio sufrió repetidas ruinas y reedificaciones; en el siglo XV lo restauró Mendoza, en el XVIII se hizo de nuevo, tras la guerra de independencia hubo que volver a reedificarlo, destinándose entonces como ermita bajo la advocación del Cristo de la Vega.
Pese a la grandiosidad histórica y arqueológica de esta basílica, es mucho más conocida por una tradición popular que hizo fortuna al ponerla en romance Zorrila. Se trata de la tradición del Cristo de la Vega, originada sin duda por el crucifijo que hay en la iglesia y que mantiene extrañamente una mano desclavada. Zorrilla cuenta que el soldado Diego Martínez, antes de partir a las guerras de Flandes, promete a su novia Inés de Vargas que al regreso se casará con ella ante la imagen del Cristo de la Vega. Pasa un día y otro día, un mes y otro y el soldado vuelve convertido en el capitán don Diego, pero la idea de casarse la desecha por completo. Inés de Vargas apela entonces a la justicia para que don Diego cumpla la promesa que hizo, y pone al Cristo por testigo que presenció la promesa del capitán.


- Castillo de San Servando
Es posible que antes de él hubiera allí una fortaleza árabe. Alfonso VI, al reconquistar Toledo, restauró allí un castillo para defensa de la ciudad, encomendando la guarda a una comunidad cluniacense. Varias veces volvieron los árabes sobre Toledo tratando de reconquistarla , así que abandonaron los monjes el castillo y se encomendó su defensa al alcaide, Alvar-Yáñez Minalla y luego a la orden de los Templarios. Extinguida la orden en el siglo XIII y ya sin moros en la costa, el castillo quedó vacío y comenzó su paulatina ruina.
Un par de veces más fue restaurado, pero cuando la guerra ya no se hacía a base de espadas y saetas, el castillo quedó inservible, abandonado y empleado para encerrar bucólicos bueyes.
Actualmente está restaurado y acondicionado como colegio

Leyendas sobre Toledo

El Beso

Era el tiempo en que el ejército francés de Napoleón había tomado Toledo (1808-1812) y tal cantidad de soldados acampaban en la plaza que tuvieron que coger todo tipo de edificios, sin reparar en su clase, uso o destino. Lleno el alcázar, empezaron a «habitar» todos los conventos e iglesias de la ciudad.

Fue una noche, a hora ya muy avanzada, cuando llegaron a Toledo unos cien dragones a caballo que, rompiendo el silencio de la ciudad con el chocar de los cascos de sus corceles en el empedrado y el sonido metálico de su armamento, llegaron hasta la plaza de Zocodover. El oficial que mandaba la fuerza era joven. Al llegar a la plaza fue atendido por otro que, después de cuadrarse y saludarle militarmente, se dispuso a acomodar a la tropa en el lugar que le habían asignado.

Al conocer el capitán el sitio donde iban a ser acomodados, puso algunos reparos, pero su compatriota, que era sargento aposentador, le hizo los cargos de que en el alcázar ya no cabía más gente y que en las celdas de los frailes de San Juan de los Reyes dormían quince húsares en cada una. Trató de convencerle de que el convento al que le habían destinado era bueno y la parte de la iglesia estaba prácticamente libre para meter los caballos.

Siguieron tropa y capitán al aposentador por las estrechas y oscuras calles de la ciudad, guiados por un pequeño farol que éste portaba. Después de un corto paseo, llegaron hasta la iglesia, que se encontraba completamente desmantelada. En pocos momentos y debido al cansancio que traía la tropa, fueron acomodándose, dejando atados los caballos dentro M local.

A la luz del farolillo podía verse el estado de la iglesia, con sus hornacinas vacías de imágenes. Podían adivinarse, más que distinguirse, en sus paredes, algunos retablos. Había también losas con inscripciones, citando los nombres de los allí enterrados; pero lo que verdaderamente destacaba en todo este conjunto de¡ ruinoso y desmantelado edificio, eran las estatuas de mármol blanco, como albos fantasmas, que, unas tendidas y otras postradas de rodillas, se hallaban sobre los mausoleos de los muertos y en este lugar enterrados.

La jornada había sido larga, habían recorrido catorce leguas a caballo y el cansancio pudo más que la precariedad M alojamiento, por lo que al poco tiempo se dejaron de oír las protestas de la soldadesca, que como pudo se acomodó y, poco a poco, el silencio se fue apoderando del improvisado cuartel.

Al día siguiente, nuestro capitán era esperado por algunos compañeros de promoción que, conociendo su llegada, le habían mandado aviso de que le aguardaban para saludarle en la plaza de Zocodover. El encuentro fue muy agradable, pues hacía tiempo que no se veían. Después de fuertes abrazos y cariñosos saludos se habló de todo; pero lo más acuciante e importante para los que ya llevaban tiempo en Toledo, eran las noticias que traía el recién llegado de su patria. Así siguió la conversación hasta que uno de ellos, en tono de broma, preguntó a nuestro capitán, qué tal había dormido en su «alojamiento», a lo que contestó éste que no había podido dormir demasiado, pero que el insomnio junto a una bonita mujer había sido más llevadero.

Sus interlocutores no daban crédito a lo que acababan de oír. Estaba recién llegado y ya había tenido una aventura amorosa... Solicitaron más información sobre lo acontecido y el narrador les contó que fue despertado de manera brusca por el ruidoso sonar de la campana gorda de la catedral y de que, en ese momento, se había acordado M campanero y de toda su familia. Pasado el susto, intentó recuperar el sueño perdido y fue entonces cuando, ante sus ojos, se encontró con la figura de una mujer arrodillada, iluminada su figura por la escasa luz que de la luna penetraba en el templo.

Sus amigos le miraron entre incrédulos y asombrados, pero él continuó con su relato, diciéndoles que no se podían imaginario que ante sus ojos se había aparecido: era una joven de una belleza incomparable, con las facciones llenas de dulzura. Su ademán era reposado y noble y su blanco traje componía una perfecta sintonía con la palidez de su rostro. Por un momento, comentó, pensó que era una alucinación, producto del cansancio M camino, pero no, ella estaba allí, y permanecía inmóvil ante él, como si no fuera una criatura humana.

Uno de sus camaradas, que tomaba el relato a broma, fingió que se hallaba vivamente interesado y le preguntó si le había hablado. El capitán respondió que no se había determinado a hablarle porque estaba seguro de que ella ni le veía ni le habría oído en caso de dirigirle la palabra. El mismo amigo le inquirió si es que era muda, ciega o sorda. A esto le contestó que era todo eso a la vez, pues se estaba refiriendo a una estatua de mármol.

Al oír el final de la aventura, soltaron todos fuertes carcajadas y uno de ellos dijo que de ese género tenía él bastantes en su aposento de San Juan de los Reyes. Pero el recién llegado le contestó que nunca serían como la suya, que se trataba de una dama castellana que, en virtud de la habilidad del escultor, parecía tener vida.

Siguiendo la broma, uno de los contertulios pidió que les fuera presentada la belleza en cuestión, haciendo la salvedad burlona de, si no había celos de por medio.

El capitán les contó entonces que junto a la dama estaba la estatua, también en mármol de un guerrero que parecía estar tan vivo como ella y que sin duda pensaba que debía ser su esposo. También manifestó entre bromas y veras si no le tomaran por loco ya le habría destrozado.

Las carcajadas continuaron saliendo sonoras y vivaces de sus gargantas y por fin, decidieron visitar y ser presentados a la dama en cuestión. Quedaron emplazados para esa misma noche. Se reunirían en esta misma plaza para, desde aquí, con algunas viandas y buen vino francés, dirigirse a la iglesia, donde celebrarían una pequeña fiesta en honor de la hermosa joven de mármol.

Llegada la hora y allegados todos, marcharon en dirección a la iglesia donde su amigo se alojaba. Una vez en ella, fueron recibidos por éste que les esperaba en la puerta. Penetraron en el templo que se encontraba totalmente a oscuras, por lo que el capitán mandó a su asistente que hiciera una gran fogata que, al mismo tiempo de iluminarles les proporcionaría calor, pues el ambiente era algo fío. El fuego fue encendido con parte de las puertas de la iglesia y trozos de sillas del coro y al poco iluminó la estancia a la vez que la hacía más placentera.

Lo primero que hicieron fue abrir unas botellas y tomar unos tragos que les fueron calentando por dentro. Al poco pasaron al lugar que ocupaba la tumba donde, con toda clase de reverencias exageradamente burlescas, fueron presentados por el capitán a la dama. Al verla, todos coincidieron en que se trataba de una bella mujer y que la pena era que fuese de mármol, reconociendo que si el parecido de la efigie era fiel al original, hubo de ser una de las mujeres más hermosas de su tiempo.

Los compañeros le preguntaron si conocía el nombre de la joven y él contestó que por la inscripción que había en el mausoleo, se trataba de doña Elvira de Castañeda y de su marido don Pedro López de Ayala, que luchó con el Gran Capitán en Italia.

La fiesta continuó cada vez más animada, destapando botellas y más botellas que eran trasegadas por los concurrentes y que al quedar vacías eran arrojadas contra paredes y retablos. Pero, mientras sus compañeros cantaban y disparataban gracias al alcohol ingerido, nuestro capitán permanecía en silencio, sin apartar su mirada de la estatua de doña Elvira.

Los amigos se dirigieron a él y le hicieron brindar. Entonces, levantando su copa frente a la estatua del guerrero arrodillado junto a la mujer, le espetó que brindaba por su emperador que le había dado la ocasión de venir a Toledo a cortejar a su mujer en su tumba. Se brindó por ello y el capitán, balanceándose, se llegó hasta el sepulcro y bebiendo un sorbo, expulsó el vino que guardaba en su boca y lo derramó sobre la cara del mudo guerrero. Hecho esto, se acercó a la estatua de la mujer exclamando que sólo un beso suyo le calmaría el ardor que le consumía.

Esto le fue censurado por todos sus amigos, que de alguna forma estaban asustados por el comportamiento de su compañero, diciéndole que dejara en paz a los muertos. El joven no hizo caso y tambaleándose, como pudo se llegó a la estatua y se dispuso a abrazarla y darle un beso. Pero al tender los brazos, un grito de terror inundó la estancia. Había caído desplomado a los pies del sepulcro echando sangre por nariz y boca. Los oficiales, sorprendidos ante lo que vieron, quedaron inmovilizados sin poder dar un paso para socorrerle. En el momento en que su camarada intentó acercar sus labios ardientes a los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero que tenía a su lado levantar la mano y derribarlo de una tremenda bofetada con su guante de piedra.(Gustavo Adólfo Bécquer)

El Cristo de la Vega

Había en Toledo dos amantes: Diego Martínez e Inés de Vargas. Habían mantenido relaciones prematrimoniales y ella, ante el conocimiento que de tal hecho tenía su padre, exige a su joven enamorado que reponga su honor contrayendo matrimonio. Él le contesta que debe partir para Flandes, pero que a su vuelta, dentro de un mes, la llevará a los altares.

Inés, no muy segura de las intenciones de¡ mozo, le pide que se lo jure. Diego se resiste hasta que ella consigue llevarlo ante la imagen de¡ Cristo de la Vega y que en voz alta y tocando sus pies jure que al volver de la guerra la desposará.

«Pasó un día y otro día, un mes y otro mes y un año pasado había, mas de Flandes no volvía Diego, que a Flandes partió".

Mientras, Inés se marchitaba de tanto llorar, ahogándose en su desesperanza y desconsuelo, desesperando sin acabar de esperar, aguardando en vano la vuelta de¡ galán. Todos los días rezaba ante el Cristo, testigo de su juramento, pidiendo la vuelta de Diego, pues en nadie más encontraba apoyo y consuelo.

Dos años pasaron y las guerras en Flandes acabaron; pero Diego no volvía. Sin embargo, Inés nunca desesperó, siempre aguardaba con fe y paciencia la vuelta de su amado para que le devolviera la honra que con él se había llevado. Todos los días acudía al Miradero en espera de ver aparecer al que a Flandes partió. Uno de esos días, después de haber pasado tres años, vio a lo lejos un tropel de hombres que se acercaba a las murallas de la ciudad y se encaminaba hacia la puerta de¡ Cambrón. El corazón le palpitaba con fuerza a causa de la zozobra que la embargaba mientras se iba acercando a la puerta. Al tiempo que a ella llegó, la atravesaba el grupo de jinetes. Un vuelco le dio el corazón cuando reconoció a Diego, pues él era el caballero que, acompañado de siete lanceros y diez peones, encabezaba el grupo. Dio un grito, en el que se mezclaba el dolor y la alegría, llamándole; pero el joven la rechazó aparentando no conocerla y, mientras ella caía desmayada, él, con palabras y gesto despectivos, dio espuelas a su caballo y se perdió por las estrechas y oscuras callejuelas de Toledo.

¿Qué había hecho cambiar a Diego Martínez? Posiblemente fuera su encumbramiento, pues de simple soldado, fue ascendido a capitán y a su vuelta el rey le nombró caballero y lo tomó a su servicio. El orgullo le había transformado y le había hecho olvidar su juramento de amor, negando en todas partes que él prometiera casamiento a esa mujer.

"¡Tanto mudan a los hombres fortuna, poder y tiempo!».

Inés no cesaba de acudir ante Diego, unas veces con ruegos, otras con amenazas y muchas más con llanto; pero el corazón de¡ joven capitán de lanceros era una dura piedra y continuamente la rechazaba.

En su desesperación, sólo vio un camino para salir de la situación en que se encontraba, aunque podía ser un peligro, pues era dar a luz pública su conflicto y deshonor; pero en realidad las murmuraciones en la ciudad no cesaban y todo el mundo hablaba de su caso. Tomada la decisión acudió al Gobernador de Toledo, que a la sazón lo era don Pedro Ruiz de Alarcón, y le pidió justicia. Después de escuchar sus quejas, el viejo dignatario le pidió algún testigo que corroborase su afirmación, mas ella ninguno tenía. Don Pedro hizo acudir ante su tribunal a Diego Martínez y al preguntarle, éste negó haber jurado casamiento a Inés. Ella porfiaba y él negaba. No había testigos y nada podía hacer el gobernador. Era la palabra de¡ uno contra la de¡ otro.

En el momento en que Diego iba a marcharse con gesto altanero, satisfecho después de que don Pedro le diera permiso para ello, Inés pidió que lo detuvieran, pues recordaba tener un testigo. Cuando la joven dijo quién era ese testigo, todos quedaron paralizados por el asombro. El silencio se hizo profundo en el tribunal y, tras un momento de vacilación y de una breve consulta de don Pedro con los jueces que le acompañaban en la administración de justicia, decidió acudir al Cristo de la Vega a pedirle declaración.

Al caer el sol se acercaron todos a la vega donde se halla la ermita. Un confuso tropel de gente acompañaba al cortejo, pues la noticia de¡ suceso se había extendido como la pólvora por la ciudad. Delante iban don Pedro Ruiz de Alarcón, don lván de Vargas, su hija Inés, los escribanos, los corchetes, los guardias, monjes, hidalgos y el pueblo llano. «Otra turba de curiosos en la vega aguarda", entre los que se encontraba Diego Martínez «en apostura bizarra".

Entraron todos en el claustro, "encendieron ante el Cristo cuatro cirios y una lámpara" y se postraron de hinojos a rezar en voz baja. A continuación un notario se adelantó hacia la imagen y teniendo a los dos jóvenes a ambos lados, en voz alta, después de leer "la acusación entablada” demandó a Jesucristo como testigo:

"¿Juráis ser cierto que un día, a vuestras divinas plantas, juró a Inés Diego Martínez por su mujer desposarla?"

Tras unos instantes de expectación y silencio, el Cristo bajó su mano derecha, desclavándola del madero y poniéndola sobre los autos, abrió los labios y exclamó: -Sí, juro».

Ante este hecho prodigioso ambos jóvenes renunciaron a las vanidades de este mundo y entraron en sendos conventos.

6. Gastronomía
Es típico los fogones de las casas sencillas ya que se trata básicamente de una cocina rural con evidentes influencias mediterráneas y árabes. Como primer plato son típicas las sopas y los galianos o gazpachos. Los gazpachos se hacen a base de carne de caza y se sirven con una especie de torta troceada.

Son muy famosas también las Migas: pan, aceite, tocino y ajo.

Un plato tradicional desde hace tiempo son las Gachas: harina y trozos de magro de cerdo o simplemente patatas fritas.

Son típicas las carnes de caza como el conejo, el venado, las codornices , o las perdices.Como postre y como comida más típica de Toledo hay que señalar el Mazapán de origen árabe y que popularmente se denomina “manjar de reyes”.



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