Paseo por las catedrales de Salamanca
LA CATEDRAL VIEJA
La catedral vieja de Salamanca se alza sobre la Peña Celestina, al mediodía del viejo recinto fortificado medieval, dominando la margen derecha del Tormes y frente al barrio de la Puerta del Río que daba acceso hasta la Vía de la Plata (la llamada calzada de la Guinea en los documentos medievales), una zona de propiedad episcopal habitada por francos desde antiguo, matriz y solar donde la catedral alcanzó status de avanzadilla demográfica y económica hacia tierras meridionales y occidentales, coincidiendo con la repoblación de la transierra leonesa.
La ciudad del Tormes contaba a inicios del siglo XII con un tosco alcázar defensivo y la plazuela del Azogue Viejo, centro neurálgico del burgo, así como una decena de parroquias en las que fueron integrándose los diferentes grupos de pobladores procedentes de allende el Pirineo y también desde tierras de Castilla, Toro y Bragança. Los mozárabes terminaron asentándose extramuros, junto al río, y los judíos a la sombra del alcázar.
La catedral debió ser restaurada a partir de un templo visigótico o altomedieval, tal vez, en época de Ramiro II durante la primitiva población. Sin demasiados avales, la tradición quiere ver en Jerónimo Visque, monje cluniacense, prelado de Valencia y colega del Cid, el primer obispo de la recién repoblada sede charra (1102).
La obra disfrutó de amplias prerrogativas edilicias desde mediados del siglo XII, coincidiendo con una etapa de cierta prosperidad por parte del cabildo. Las primeras obras parecen datar del episcopado salmantino de Berengario (1135-51), canciller que fue de Alfonso VII. El mismo Alfonso VII ofreció a la seo charra una substanciosa donación, librando de pecho y servicio a 31 operarios que en 1152 trabajaban en el germinal edificio catedralicio. La graciosa liberalidad fue ratificada por Fernando II en 1183 y Alfonso X en 1199. Los diplomatarios documentan pacientemente otras donaciones recibidas por numerosos particulares laicos y eclesiásticos a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XII, incluyendo ornamentos litúrgicos y materiales suntuarios.
La catedral vieja, advocada a Santa María de la Sede, es un gran edificio basilical con planta de cruz latina y tres naves, crucero marcado sobre las colaterales y cabecera formada por tres ábsides semicirculares precedidos por tramos rectos, perfectamente visibles desde el recoleto y recomendable Patio Chico entre las edificaciones canonicales y el contundente testero de la catedral nueva. A fin de cuentas la más antigua catedral salmantina hereda la vieja tradición basilical ensayada en San Isidoro de León y San Vicente de Avila.
Las obras comenzaron por el ábside mayor, cuyo espacio se cubrió con una bóveda de horno, alcanzando los muros altos del crucero en data próxima al 1175, además de los tramos rectos de los ábsides. Hacia los tramos occidentales del crucero se introdujeron columnillas acodilladas que no llegaron a cuajar en forma del consabido cubrimiento gótico, conformándose con reformular consolas historiadas. El final de los trabajos del edificio eclesial debería situarse hacia la década de 1230-40.
Pero la imagen emblemática de la catedral vieja se corresponde con la Torre del Gallo, cimborrio gallonado que se eleva sobre el tramo central del crucero, como perfil indisoluble del cielo salmantino. Dispuesto sobre las pechinas del tramo central del crucero, alza su tambor perforado mediante doble orden de vanos rasgados pometeados y se cubre con casquete nervado y gallonado, recordándonos otros señeros cimborrios durienses en la colegiata de Toro y catedrales de Zamora y Plasencia.
Una de las peculiaridades más llamativas de la catedral vieja es su evidente carácter defensivo (algunas fuentes califican la catedral salmantina de fortis), como la Sé Velha de Coimbra, donde lo militar alcanzaba las propias cubiertas abovedadas, por encima de las que se disponían chapados pétreos, pasillos de guardia, parapetos y almenas.
La verdad es que la catedral vieja se salvó por los pelos de fenecer tras la ejecución de la nueva catedral, permaneciendo como “sagrario y parroquia” de la nueva fábrica cincuecentista. Sabemos que un tal Iohannes Franco aparece citado como maestro de la obra en 1225 y 1228, y que hacia el último tercio del siglo XIII el templo aún no estaba concluido, pues una bula del papa Nicolás IV -existe constancia epigráfica en un pilar de la cabecera- condedía indulgencias a cuantos colaboraran económicamente con la empresa (1289). Están documentados los nombres de otros alarifes y canteros activos en la seo vieja salmantina: Petrus Petriz (1150-82), Pedro de la Obra ò Pedro de Aix (+1213), Sancius Petri (inicios del siglo XIII). magister Hohanes el petrero (1203) y los carpinteros Johanes de Ispania (1214) y Mateus (1224).
A lo largo del siglo XIV el cabildo se enfrentó ante ímprobas dificultades para rematar la fábrica, llegando incluso a verse necesitado de arrendar todas las propiedades episcopales (1313). En 1363 el obispo Alfonso Barasaque fundaba una cofradía e indicaba la imperiosa necesidad de atraer limosnas para hacer frente a la finalización de los trabajos, seguramente en el sector de la torre mayor, capilla claustral de Santa Catalina y Torre del Gallo.
El estudio de la decoración escultórica en la catedral vieja permite hablar de la participación de varios talleres en cabecera (y claustro) relacionados con los escultores herederos de San Vicente de Avila y Aguilar de Campoo (hacia 1160-70), detectándose otros puntos de concierto respecto a trabajos en el huérfano claustrillo salmantino de Santa María de Vega, la portada del Obispo de la seo zamorana y los capiteles orientales del crucero de la colegiata de Toro. A medida que avanzaban los trabajos (hacia 1185-90) fueron incorporándose artífices conocedores de otras formas de hacer del Sudoeste galo (Loches, Aulnay, Saintes, Angers, Chinon, Echillais y otros templos del Berry, Angumois y Poitou) cuya actividad es evidente en las estatuas-nervatura de las pechinas del tramo central del crucero. El uso de bóvedas cupuliformes en los tramos occidentales nos habla además de un mundo arquitectónico cercano al imperio Plantagenêt, muy distante del inmediato entorno geográfico salmantino. Los escultores de la Torre del Gallo (post. 1200) y los activos en la Capilla de Talavera (rematada ya hacia 1243) ensayarán un lenguaje muy diferente, de tesitura preponderantemente vegetal.
Siguiendo pautas abulenses, fue construido un pórtico a los pies, entre la torre Mocha (residencia del alcaide, fortín de rebeldes y revoltosos de toda índole, muy remozada durante la intervención de Jerónimo García de Quiñones) y la de las Campanas. Este ámbito fue exteriormente reformado hacia la década de 1670 por Juan de Setién Güemes.
Bajo la torre de campanas, queda la capilla de San Martín ò del Aceite, fundación del obispo Pedro Pérez (+1262), donde se halla el sepulcro de don Rodrigo Díez y un magnifico muestrario de pinturas góticas murales firmado por Antón Sánchez de Segovia y datado en 1262 que sigue la estructura de un retablo de mazonería.
Del claustro tardorrománico, antaño usado como vergel de olivos y camposanto, sabemos que empezó a construirse hacia la década de 1170. Fue remodelado tras el terremoto lisboeta de 1755, cuando fue enmascarado por sobrios aditamentros neoclásicos (hay trazas de Jerónimo García de Quiñones y Ramón Calvo). Lo que no fue destruido durante la poco escrupulosa reforma del siglo XVIII reapareció finalmente a la luz durante los trabajos de restauración emprendidos por el obispo Cámara y dirigidos por Repullés y Vargas en 1902. Se accede al mismo desde el brazo meridional del crucero, donde se alza una portada de soberbia calidad -provista de fustes estriados zizagueantes, capiteles zoomórficos y enjutas figurativas caladas- que podría ponerse en relación con la mejor escultura románica obrada en tierras peninsulares hacia el último cuarto de siglo XII. Las pandas claustrales oriental y meridional conservan aún numerosos restos escultóricos de cronología tardorrománica correspondientes con los cenotafios rasurados durante la reforma neoclásica. Coincidiendo con el pontificado de Sancho de Castilla (+1446) el claustro fue cubierto con una techumbre mudéjar de la que aún se conservan fragmentos descontextualizados aislados.
Al claustro se abren las capillas de Talavera (antigua capilla de San Salvador, fue utilizada como sala capitular, allí sobrevivió la liturgia mozárabe tras pasar a manos del fundador de la Casas de las Conchas, don Rodrigo Arias Maldonado -el doctor Talavera, que da nombre a la capilla- en 1510, convirtiéndola en funeraria), que se cubre con una singular cúpula esquifada octogonal reforzada con ocho arcos paralelos al estilo califal, Santa Bárbara (recinto semidocente que sirvió como ámbito habilitado para la realización de exámenes universitarios y capilla funeraria del obispo Juan Lucero (+1362)) y salas y antesalas capitulares convertidas desde 1953 en Museo Catedralicio, donde vislumbramos restos de artesonados renacientes de innegable progenie mudéjar. Quienes salían mal parados en las durísimas lides académicas salían del claustro por la puerta de los carros, hacia occidente, donde podían refugiarse del regocijo de los victoriosos y sus cohortes.
A la crujía meridional se abren las capillas de Santa Catalina (aunque fundada por el obispo Vidal en 1196, fue reedificada a fines del siglo XV, haciendo las veces de espacio de reunión capitular, librería y capilla musical barroca bien surtida de niños de coro) y San Bartolomé ò de Anaya (fundada por el egregio arzobispo de Sevilla don Diego de Anaya en 1422, conserva un famoso órgano realejo con pinturas de Pedro Bello y el yacente alabastrino del fundador, pieza ornada con modesta rejería calada, de una calidad poco habitual).
Entre otras piezas catedralicias de empaque deberíamos citar los sepulcros claustrales (de Pedro Xerique (+1529), atribuido a Juan de Alava, Diego Rodríguez de San Isidro (+1504) y Gutierre de Castro, obrado por Juan de Juni), el suntuoso retablo mayor de Dello Delli, amén de las numerosas tablas de Fernando Gallego, Juan de Flandes o Diego Gutiérrez repartidas entre las salas del museo u otras piezas escultóricas devocionales como la Virgen de la Vega (ca. 1230) o el Cristo de las Batallas (custodiado hoy en la Catedral Nueva).
LA CATEDRAL NUEVA
La construcción de una flamante catedral junto a la románica, apenas amortizada, fue causa belli fundamental del cabildo, engolosinado con erigir un gran edificio representativo de las nuevas ínfulas urbanas, de las necesidades y ringorrangos de una próspera feligresía que iba en aumento, alcanzando las 15.000 almas hacia fines de la quinceava centuria. Desgraciadamente, la seo vieja se estaba quedando pequeña, o al menos eso decían los capitulares, además de ser excesivamente baxa y oscura. Así las cosas, en 1491 los Reyes Católicos impetraron al papa indulgencias para iniciar las obras.
La neocatedral salmantina es ante todo un edificio monumental, con poderoso desarrollo vertical que en planta adopta la mensuración ad quadratum -como la catedral segoviana- según rasguños aportados por el valioso testimonio de Simón García en su Compendio de architectura... (un gran rectángulo duplo de 200 por 400 pies castellanos como base).
La primera traza fue ejecutada en 1510, a solicitud de Fernando el Católico que desde Valladolid encargaba la misma instando ...a ver el sitio, hazer la traza y dar su parecer respecto a la nueva iglesia... a Alonso Rodríguez y Antón Egas, por entonces maestros mayores de las catedrales de Sevilla y Toledo. Tal propuesta fue aceptada en 1512 por una bien documentada Junta de Obras capitular aunque modificando la disposición de cabecera que se forzó hasta el ochavo y fue dotada de girola y capillas absidales. En realidad semejante reajuste nunca llegó a llevarse a la práctica pues el proyecto final -el que hoy podemos contemplar- formuló una cabecera plana que iba mejor con los tiempos, desestimando las iniciales monteas de Rodríguez y Egas.
Las obras, cual Escorial duriense, se hicieron sempiternas, pues iniciadas en 1513, se mantuvieron en plena actividad hasta 1733. Entre 1513 y 1560, durante una primera gran campaña de actividad constructiva, se alzó el edificio hasta el crucero (existe constatación epigráfica que autorizaba el cambio de culto desde la catedral vieja a la nueva que data de 1550), dirigendo las obras autores tan prestigiosos como Juan Gil de Hontañón (1512-1526), elegido expresamente por el cabildo, Juan Gil el Mozo (1526-1533), Juan de Alava (1535-1537) y el insigne Rodrigo Gil de Hontañón (1538-1577), quien modificó las trazas aportadas por Alonso de Covarrubias y Juan de Alava, e incorporando detalles en el alzado de la nave central y en las tracerías de las capillas de las naves. Vamos, que confluyeron aquí la flor y nata de la cantería castellana.
Sabido es que mientras las obras iban viento en popa, en 1515, el cabildo determinaba que maestros de la talla de Martín de Solárzano y Francisco de Colonia visitaran lo construido, no fuera que los desajustes descoyuntaran perfiles y cantiles, hacia esa fecha ostentaban las maestrías mayores de las catedrales de Palencia y Burgos, otro par de los de canela en rama.
Nuevos ilustres examinadores y peritos fueron Juan de Badajoz el Viejo y nuevamente Francisco de Colonia en 1522, y un año más tarde Enrique Egas, Juan de Rasines y Vasco de la Zarza. Rodrigo Gil dejará su peculiar firma en gran parte del templo: la traza de las bóvedas para la nave central y las laterales, el diseño de los ventanales, de los medallones al gusto renaciente y el remate del imafronte, es decir, el grueso de la obra de cantería ya rematada hacia la década del 1550. El 25 de marzo de 1560 el obispo Francisco Manrique de Lara abría al culto el templo catedralicio.
Entre 1568 y 1773 se procedió al segundo gran empuje en cuanto a la obra de la fábrica, rematando crucero y cabecera, siguiendo ésta en 1589 la traza aportada por un clasicista Juan de Ribero Rada, convirtiéndola en testero recto, girola, tres capillas-hornacina y potentes cimientos para las torres siguiendo los dictados suscritos para la catedral vallisoletana. El de Ribero Rada fue seleccionado entre los proyectos aportados por otro plantel de prestigiosos profesionales, a saber: Nicolás de Vergara, Juan de Nates y Juan Andrés Rodi.
Durante esta abultada secuencia cabe destacar la participación de Juan de Setién Güemes (+1703), que construyó las capillas de la cabecera y el arranque de las torres angulares, y Pantaleón Pontón de Setién (1703-13) que cerró las bóvedas de la capilla mayor, girola, crucero e inició el cimborrio.
Por su parte, dentro de una sensibilidad denodadamente barroca, Joaquín Benito de Churriguera (1713-24) comenzó las obras de cierre de la nave mayor y el coro, aportando trazas para un cimborrio similar al de la catedral de Burgos, continuando los trabajos hacia el coro y trascoro Alberto Churriguera (1725-38), Manuel Lara Churriguera (1741-1751) y Juan de Sagarvinaga (1752-1766). Este último reconstruyó el cimborrio tras su hundimiento a consecuencia del imparable terremoto de Lisboa de 1755, que ¡hay que ver cómo dio en quebrantar paños!, desmontándolo por completo y reconstruyéndolo después siguiendo instrucciones del arquitecto benedictino fray Antonio de San José Pontones (en contra de su desmontaje total se mantuvo el arquitecto real Juan Bautista Sachetti). De la cúpula churrigueresca hemos conservado las trompas aveneradas cuajadas de angelotes y el búcaro, además del tambor octogonal perforado por ocho grandes ventanales de medio punto desde donde arranca la media naranja.
El templo catedralicio había sido solemnemente consagrado el 15 de agosto de 1733 bajo la advocación de la Asunción de la Virgen, si bien aún quedaron por construir sacristía y antisacristía, cuyo proyecto correspondió a Andrés García de Quiñones y Manuel de Larra Churriguera (1752), siendo reformado bajo el denominador común gotizante por Juan de Sagarvinaga, camaleónico alarife, que fue nombrado maestro catedralicio desde 1754.
La catedral nueva es un grandioso edificio, de una magnificencia fuera de lo común, equiparable en dimensiones y suntuosidad con la monumental seo hispalense. Aún sujeto a las convenciones del gótico clásico en cuanto a pilares y abovedamientos, más hacia el exterior si cabe, la catedral charra surge catapultada hasta alturas espectaculares sin topar con el paroxismo del triforio, sustituido aquí por simples andenes abalaustrados en altura.
En el ornato de la fábrica el bilingüismo se hace revelador: Juan Gil sigue hormas plenamente góticas en la fachada de poniente (también se usan escudos en las zonas bajas del interior), a las que se van superponiendo aderezos renacientes de la mano de Rodrigo Gil (existe constancia documental por el pago de tondi a los entalladores Miguel de Espinosa, Anaya y Juan de Troas). Los gruesos pilares, sustentados sobre basamentos circulares, seguramente diseñados por Juan Gil, aunan baquetones que, proyectándose en aéreos pilares, originan ricas bóvedas estrelladas de intrincados terceletes y combados.
A buen seguro que los comitentes capitulares secundaron resultados formales con plena garantía retardataria, cómodos en harina de arbotante, contrafuerte, gárgola cosmética y pináculo “académico”, de una solidez a prueba de galanteo aunque no necesariamente arcaizante.
La misma torre, la capilla que comunica con la catedral vieja o la fachada principal y la Puerta de Ramos de Juan Gil, desgranan ingredientes plenamente goticistas en el seno de una escenografía urbana de alto copete mucho más ambiciosa. Pero desde el exterior, el goticismo va perdiendo pie a medida que avanzamos en altura y nos adelantamos hacia la cabecera.
Parece evidente que lo que la catedral nueva rezuma de goticismo no es ni mucho menos patraña epigónica sino manifiesto en sí mismo, de una rotundidad geológica que hubiera hecho las deliciasde Julio Verne, obra singular ilustrativa de una franja edilicia especialmente pródiga en toda la corona castellana (p. ejem. catedrales de Segovia, Astorga y El Burgo de Osma, amén de colegiales y parroquias en Berlanga de Duero, Villacastín, Roa, Castrojeriz, Villasandino, Lerma, Simancas, etc.).
En la fachada occidental de la catedral nueva Juan Gil plantea una gran fachada-pantalla con cuatro grandes arcos en correspondencia con las tres naves y la septentrional capilla-hornacina, los arcos, de roscas angreladas y las bovedillas de crucería pautan la gran superficie de dorada piedra de Villamayor. El tramo correspondiente a la nave central remata con un Calvario instalado sobre el conopio que algunos han intentado atribuir a Juan de Gante, las arquivoltas destellean de figuración bajo doseletes y frondas vegetales cuya autoría es de compleja certificación (tal vez Domingo de Vidaña, Gil de Ronza, Egidio, Juan Rodríguez y Antonio de Paz). La puerta de acceso es bífora, con doble arco carpanel, esquema que resulta duplicado en el cierre de los relieves.
La torre de campanas, que acogía por su base la capilla medieval de San Martín, fue elemento bisagra entre ambas catedrales. Pedro de Ribera trató de solventar los graves problemas estructurales planteados por su inestable alzado, si bien todo quedó en agua de borrajas, acentuándose aún más tras el cruento seísmo de Lisboa, cuando varios arquitectos fueron consultados y adoptaron diferentes puntos de vista fruto de sus correspondientes veedurías: Francisco Moradillo, fray Antonio Manzanares, Juan de Sagarvinaga, Ventura Rodríguez e incluso el del ingeniero francés Baltasar Devreton, cuya atrevida conseja fue ratificada a pies juntillas, rodeando los cuerpos bajos de la torre mediante encintados de tensadas cadenas que iban placados con sillería, formulando así un superficial perfil en talud.
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