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Fantasía y realidad en el Quijote.

1. Influencia de las novelas de caballería.
Las novelas de caballería fueron el género narrativo que más éxito tuvo en Europa medieval. Los libros más representativos fueron los que se basaban en la leyenda artúrica.

Don Quijote de la Mancha es un hidalgo al que le apasiona pasarse las noches leyendo libros de caballerías mientras se imagina protagonista de todas aquellas historias de dragones, princesas y justas. Tal es así, 'que de tanto leer se le secó el cerebro' y llega a convertir el mundo ficticio que narraban las novelas de caballerías en realidad.

La falta de justicia en el mundo lo conduce a un estado de mayor locura. Dulcinea del Toboso, su amada imaginaria, se muestra como el propósito final de sus hazañas y las aventuras de Don Quijote se convierten en la manera de probarse digno de su amor.
Por otro lado, y según la crítica, Don Quijote resulta una parodia de las novelas de caballería tomando como modelo el Amadís de Gaula, los palmerines y demás caballeros andantes de la literatura medieval como modelo.

Don Quijote, en su locura, se pone el apelativo 'de la Mancha', a imitación de los caballeros andantes, pero la Mancha era un lugar de paso, un paraje inhóspito, lugar impropio para encontrarse con bellas princesas, dragones y castillos encantados. Hemos de tener en cuenta que Don Quijote tiene unos 50 años en el momento de salir en aventuras, cuando la media de edad en la época era de 40 años. Se trata de un anciano, enjuto de carnes y, por lo tanto, nervioso, colérico e irascible.

2. No es venta sino castillo (cap. XVI)
Una de las primeras muestras de locura de nuestro caballero se produce durante su primera salida. Su primer destino resulta ser una humilde venta que Don Quijote en seguida confunde con un Castillo.

Las prostitutas resultan ser, en la mente de Don Quijote, bellas damas y el propietario de la venta un gran noble que dará cobijo a nuestro héroe. Lejos de llevarle la contraria, se muestran receptivos y muy complacidos y, con la pretensión de pasar un buen rato burlándose del protagonista, le arman caballero esa misma noche. Este hecho es de suma importancia ya que Don Quijote se ve como un caballero pero no lo es ni lo será nunca por infringir la Ley de la Caballería Andante, pues ha de ser un el rey o una noble quien otorgue los títulos nobiliarios y no un simple ventero manchego. En cualquiero caso, para Don Quijote, la idea de ser caballero andante, ya no está en su cabeza sino que ha pasado al terreno de la realidad y a partir de aquí comienzan sus verdaderas aventuras y desventuras.

3. El ejército de ovejas (cap. XVIII)
En este capítulo, el narrador insiste en la locura de Don Quijote mientras que Sancho observa correctamente la realidad. Existe pues una clara distancia entre la realidad-ficción de Don Quijote y la percepción real de los ojos de Sancho; distancia que irá mermando según avance la obra y se produzca la sinergia entre los dos personajes al final de la misma.

Don Quijote, esta vez, transforma la realidad creando la gran metáfora de los ejércitos que se aproximan a atacarle partiendo de la visión de una simple nube de polvo en la que él se muestra como árbitro de la contienda.

Resulta curioso observar cómo Don Quijote en esta aventura muestra claros síntomas de captación de la realidad en contraste con el carácter fantástico de la aventura. Esto se produce cuando Don Quijote y Sancho se lamentan del robo de sus alforjas.

4. La aventura de los odres de vino (cap. XXXV)
Esta aventura sucede mientras se da lectura en la obra a “la novela del curioso impertinente”: Estaba el cura leyendo el cuento cuando apareció Sancho diciendo que Don Quijote estaba luchando contra unos gigantes y dando muchas voces. Llegaron a su habitación y allí estaba el hidalgo, en camisón y dormido dando cuchilladas a unos odres de vino. El ventero al ver todo aquello se abalanzó contra don Quijote y empezó a pegarle. Gracias a Cardenio y al cura, la pelea concluyó pronto y después de un rato despertaron a don Quijote.

Es en este capítulo cuando la 'quijotización' de Sancho llega a su punto culminante. Sancho se deja atrapar por el punto de vista de de Don Quijote y esta realidad se convierte en la suya propia: ' ¡Mirad si ha matado y salado ya mi amo al gigante! ¡Cierto es ello, Mi condado está seguro y hecho a mi medida!'.

5. Psicología del protagonista
La locura de Don Quijote le hace vivir en un mundo propio en el que coexisten realidad y fantasía. Al principio, la locura de Don Quijote se aparece cómica, pero gradualmente se va complicando hasta el punto en el que incluso el lector deja de sentirse seguro acerca de cuál es la verdadera realidad. Por otra parte y, quizás, el punto donde reside el éxito de la obra está en que podemos conocer la variedad infinita de los personas mediante un personaje que nos muestra un valor humano incalculable. Por eso y, a pesar de Don Quijote que provoque la risa en el lector, ésta siempre será amarga, pues el protagonista de la novela siempre persigue los más altos ideales que, por otra parte, son inalcanzables. Como el ideal no es posible en nuestro mundo imperfecto, el héroe siempre fracasará estrellándose contra la dura realidad.

En cuanto a la relación entre Don Quijote y Sancho, Don Quijote representa al idealista (a la fantasía). El piensa en sí mismo como en un real caballero andante, sin embargo Sancho representa por contraposición al realista, es quien se preocupa por el sentido práctico de las cosas. Es astuto, egoísta, pero al mismo tiempo bondadoso y leal. De este modo, se puede pensar que Don Quijote y Sancho no son figuras contrarias sino una misma figura que muestra la complejidad de la persona materialista e idealista a la vez, una perfecta mixtura de fantasía y realidad.

En la segunda parte de la obra, se cambian los papeles, Don Quijote se vuelve más cuerdo y Sancho comienza a ser más fantasioso. Incluso, en un pasaje de la novela, Sancho se arrodilla ante una labradora y ofrece un discurso más propio del Don Quijote de la primera parte. En el último capítulo, en el momento de la muerte de Don Quijote, éste se vuelve cuerdo y resulta ser Sancho quien comienza a decir las cosas más dispares. A esto se le ha llamado la “quijotización” de Sancho.

Las últimas palabras hacia su amo resultan maravillosas a la vez que desgarradas por el dolor: “No se muera, por favor. Porque la mayor locura es dejarse morir. ¡Levántese, vámonos al campo!”.