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Información de CEELE (en inglés)
Cualificado por la
Universidad de Alcalá

El español, experiencia de vivir

....Y AFUERA, ¿QUÉ...?

ESCUELA INTERNACIONAL
Carlos Sanjuán. Profesor

Publicado en la Revista "Frecuencia" Nº8 Julio 1998

Este artículo también podría titularse, "los estudiantes fuera del aula" o " el profesor en la calle" o "las otras funciones de las actividades extra-escolares en el aprendizaje de una lengua extranjera". Porque, de lo que aquí queremos hablar es precisamente de lo que sucede ahí fuera entre el estudiante y la particular materia que pretende aprender y algún día dominar.

Nuestro punto de partida es: quien dicta finalmente sentencia en el aprendizaje real de una lengua extranjera es la calle. Para el estudiante no puede haber juez más implacable y objetivo.

Estamos convencidos de que existe una gran diferencia entre la realidad de un aula, por definición ámbito familiar y protector, y la realidad de la calle. Esta diferencia no debe jamás ser obviada por el profesor. Mucho menos si la materia que pretende enseñar es una lengua extranjera. Porque de todos es sabido que una de las principales dificultades a las que el estudiante se enfrenta en su aprendizaje de una lengua extranjera es la puesta en práctica en la calle, fuera, de los conocimientos adquiridos dentro, en el aula. Por ello, pensamos que conocer la naturaleza de tales dificultades en el medio real donde éstas se producen es tarea fundamental del trabajo del profesor.

Aquí reivindicamos la figura del profesor como testigo, como observador atento y neutral de todo lo que sucede más allá del aula entre el estudiante y la lengua que pretende aprender. Esto exige al profesor ampliar su campo de operaciones. Hay que salir a la calle. Observar, tomar nota y tal vez después, con la información recogida, rediseñar ad hoc nuevas estrategias pedagógicas que más tarde aplicaremos en el aula.

Acompañar al estudiante fuera del aula no sólo nos proporcionará información de primera mano acerca de sus dificultades reales en el manejo de la lengua. También nos permitirá conocer más a fondo la personalidad única e intransferible de cada estudiante. Aquí pensamos que la personalidad del estudiante, su bagaje cultural o su biografía personal, son variables fundamentales en el aprendizaje de una lengua extranjera.

Por último, proponemos como ámbito ideal para poner en práctica esta tarea las actividades extraescolares. De este modo, éstas no sólo serán un vehículo que ofrece al estudiante contacto y conocimiento con una nueva cultura y con sus hábitos y ritos sociales, sino que su papel se enriquecerá hasta el punto de convertirse en referencia privilegiada para el profesor de los progresos reales realizados por sus estudiantes.

Para ilustrar nuestras propuestas hemos echado mano de nuestra propia experiencia. De ahí que hayamos decidido comenzar el artículo con el relato de dos historias de dos de nuestros estudiantes. Ellos son Jesse y Chiaki. Pero también podrían haber sido Bárbara o Tomoko o Jörg o Klaus o Sandra o Florence o James o o o......


Jesse lleva con nosotros siete semanas. Jesse es norteamericano y nunca antes había salido de su país. Es un tipo tímido, introvertido, poco hablador. También es inteligente, capaz, trabajador. Hasta hace siete semanas Jesse sólo sabía decir en un español apenas audible unos humildes y sonrientes "buenos días", "gracias" y tal vez algún que otro "adiós". Eso era todo.

Tras varias semanas de intenso trabajo, Jesse fue adquiriendo los rudimentos básicos de la lengua extranjera que estaba aprendiendo hasta, al menos en teoría, poder manejarse con cierta soltura en las situaciones más banales y mecánicas que la vida diaria, y más bien real, le ofrecía. En cuanto abandonaba el aula y ponía pies en tierra, es decir, en la calle, es decir, ahí fuera : en ese lugar donde todos hablan muy rápido, casi nadie tiene paciencia para escuchar (sobre todo si se tarda más de treinta segundos en soltar una frase), no todos sonríen con la misma amabilidad del profesor y muy pocos se dignan en repetir más de tres veces lo que acaban de decir. Así que, en el español que brillantemente iba aprendiendo día a día, Jesse no tardó en confesárselo al profesor.

- Jesse, ¿qué tal...?

- ¡ Uff ! Aquí dentro es más fácil... Afuera es difícil, muy difícil...

Jesse no mentía. Tampoco pecaba de exceso de modestia.

En clase, es decir, dentro, es decir, en el aula, Jesse dominaba con éxito, aunque siempre desde su timidez algo restrictiva y su voz baja y laboriosa, una numerosa batería de situaciones prácticas de la vida real donde era cuestión de poner en juego las capacidades comunicativas recién adquiridas. En los ensayos, llaménles juegos si quieren, o prácticas, que el profesor proponía y que los alumnos interpretaban, Jesse no era precisamente el menos hábil o el primero al que le faltaban los recursos para salir del paso. Vendiendo cafés, en la recepción de un hotel o como cliente de una agencia de viajes, allí dentro, entre las cuatro paredes de la familiar y acogedora aula, Jesse casi siempre tenía preguntas y respuestas para todo. Jesse era lo que se suele decir, no sin cierta cursilería, un alumno modelo.

Pero fuera del aula, como bien había confesado Jesse, todo era diferente. Y el profesor no tardó demasiado en ser testigo de tal diferencia.

Esa mañana todos los estudiantes habían practicado una serie de estructuras para reservar una plaza de tren en una agencia de viajes. En general todos habían salido victoriosos de la prueba, entre ellos Jesse. Por la tarde, el profesor acompañó a algunos de ellos a la agencia de viajes de la esquina. El profesor quería observar cómo se desenvolvían sus chicos en una situación real, comprobar hasta dónde podían manejarse fuera con los conocimientos adquiridos dentro.

Entramos en la agencia de viajes. Una señorita nos sonríe, mira a Jesse y ataca.

- Buenos, días, ¿qué desea?

Silencio. Incredulidad. Jesse nos mira, sonríe y calla.

- Señor, ¿qué desea?

Más silencio. La timidez de Jesse comienza a pasearse a sus anchas por la sala.

- Señor...

- Toledo....- murmura Jesse a media voz.

- ¿Quiere reservar plaza para ir a Toledo?

Ahora Jesse busca con la mirada al profesor, sonríe y balbucea no comprender lo que la señorita le dice. Finalmente el profesor interviene. Jesse entiende y, entonces sí, contesta convenientemente.

La pregunta que la señorita le acababa de hacer, Jesse la había escuchado numerosas veces horas antes de labios de sus compañeros de aula y de su profesor. Sin embargo, sin duda ayudado por una timidez más que recalcitrante, Jesse se sintió desamparado ante el imprevisto ataque de la empleada de la agencia, y lo que dentro supo solventar con soltura, se reveló fuera como un obstáculo insalvable.

Cojamos el caso contrario: Chiaki. Estudiante japonesa, muy extrovertida, con un nivel lingüístico adquirido medio-bajo. Pues bien, dentro del aula, tal vez presionada por el modelo de educación japonés que exige la perfección dentro de la clase, Chiaki se retrae al tomar la palabra y cada vez que debe responder a un ejercicio se siente juzgada como si la vida le fuera en ello. En realidad, para ella toda actividad realizada dentro del aula es un examen definitivo y frontal. Sin embargo, afuera, allí donde nadie espera con el libro de gramática en ristre su respuesta, Chiaki opta por ofrecerse con naturalidad a toda experiencia. Entonces Chiaki desarrolla una capacidad de comunicación oral que en nada se parece a la que exhibe en el aula. Allí dentro, Chiaki parece que sabe menos español del que realmente conoce y domina. Afuera, por el contrario, Chiaki da la medida de sus justas posibilidades. Si el profesor nunca hubiera tenido la oportunidad de observar a Chiaki sin que ésta se sintiera examinada más veces de las deseables, tal y como sucede en el aula, nunca hubiera podido evaluar los progresos reales de su estudiante.

Estos dos ejemplos nos invitan a una primera reflexión: quien dicta finalmente sentencia en el aprendizaje real de una lengua extranjera es la calle. Para lo mejor y para lo peor. No hay mejor examen posible. Ni para los estudiantes ni para los profesores. La calle es un juez implacable y nada sutil. La prueba de fuego diaria e infatigable, el momento de la verdad.

No descubro nada nuevo si hablo del aula como un ámbito cerrado, familiar y particularmente protector muchas veces ajeno a lo que sucede fuera. Se ha hablado del aula como teatro, como espacio de artificio donde unos y otros asumen, voluntariamente o por obligación, un papel que interpretan con mayor o menor gusto. En el caso particular del aprendizaje de una lengua extranjera, el aura protector del aula se acentua considerablemente. Si afuera el estudiante encuentra impaciencia, adentro le ofrecen comprensión; si afuera se enfrenta a un cóctel de voces que fluyen veloces, de acentos dispares y diferentes niveles del lenguaje, adentro el profesor y sus compañeros proporcionan la familiaridad de sus voces, que a fuerza de escuchar reconocemos hasta en sus más ínfimos tics lingüísticos. Afuera los errores se pagan en muchas ocasiones con incomprensión. Adentro los mismos errores conducen a una nueva y renovada explicación.

Evidentemente, para la mayoría de los profesores de una lengua extranjera no es ningún secreto la gran diferencia que existe entre los dos ámbitos, el aula y la calle, a la hora de considerar los progresos realizados por sus estudiantes en la práctica oral del nuevo idioma. Todos saben que las verdaderas dificultades, las que realmente deben importar a estudiantes y profesor, aparecen en cuanto se abandona el aula y se intenta poner en práctica fuera lo que se ha aprendido dentro. Con lo cual la pregunta que deberemos hacernos ya no será sobre el qué, sino más bien sobre el cómo. Lo que debería importarnos es la propia naturaleza de tales dificultades. Nos importará su cantidad y calidad, las condiciones en las que éstas se producen, las respuestas que el estudiante emite para enfrentarse a ellas y, por qué no, el porcentaje de éxitos y fracasos que cosecha en su resolución.

Pero interesarse por el cómo de esas dificultades, exige al profesor ampliar el campo de acción de sus operaciones más allá del aula. Hay que salir a la calle, seguir al alumno, espiarle. Sólo así podremos comprobar hasta dónde puede llegar con el manejo de la lengua que le estamos enseñando aquí dentro, sólo así podremos evaluarle con todos los datos en nuestra mano, porque, no lo olvidemos, por muchos controles o ejercicios teóricos o juegos o prácticas a los que sometamos a nuestros chicos y chicas dentro del aula, debemos admitir que quien dicta finalmente sentencia es la calle.

No cabe duda de que conociendo mejor al estudiante allí donde se expone por los cuatro costados como persona, y eso tiene lugar sobre todo en la calle, conociendo mejor la particular e intransferible relación que mantiene cada cual con el manejo oral de la nueva lengua que intenta aprender, y tal ejercicio sigue teniendo lugar predominantemente en la calle, podremos ayudar y enseñar mejor. Seremos sin duda más eficaces, mejores.

Lo que aquí reivindico es la figura del profesor como testigo, o si ustedes lo prefieren, como espía. El profesor tendrá entonces como campo de acción la calle y su tarea se ceñirá básicamente a tomar nota, a abrir bien los ojos y los oídos, a evitar en lo posible una intervención activa en la resolución de las dificultades en las que se vea inmerso el estudiante de turno. Para eso, para ayudar a sus chicos y chicas, ya habrá otro momento, sea éste en el aula, sea éste también en la calle.

Siendo optimistas, supondremos que nos han seguido hasta aquí y que nuestro planteamiento incluso les seduce. En ese caso, es evidente que se preguntarán por la solución práctica que pensamos aportar para poner en marcha nuestra propuesta. Desde luego no pensamos que los profesores de lengua extranjera deban ampliar sus horizontes profesionales hasta llegar a dominar las artes, buenas o malas, del detective privado o el espia. No se trata de seguir a nuestro estudiante de incógnito, escondiéndonos en cada esquina o detrás del semáforo más próximo armados con un bloc de notas y ataviados con una gabardina estilo Casablanca. Tampoco se trata de ir entrevistando grabadora en ristre a todos los sujetos que hayan tenido la suerte o la desgracia de tropezarse con nuestro estudiante y hayan mantenido con él un mínimo intercambio de palabras. La cosa es más sencilla, y desde luego, mucho más cómoda para nosotros, pobres y esforzados profesores de lengua extranjera. Aprovechemos las actividades extraescolares que aquí o allí, en cualquier escuela de idiomas que se precie, se organizan y utilicémoslas no solamente como instrumento para enriquecer la cultura general de nuestros estudiantes o su capacidad intercomunicativa, lo que está pero que muy bien, sino también como campo de acción para demostrar nuestras habilidades como testigos más o menos mudos o espías que callan y anotan.

Evidentemente dentro del grupo, y teniendo en cuenta que seremos nosotros los que cumpliremos la función de guías u organizadores de la actividad extraescolar en cuestión, no perderemos del todo nuestra condición de profesores para el estudiante que nos mira y nos pregunta, sobre todo en las primeras horas de tal actividad, pero pronto, a poco que seamos mínimamente hábiles, podremos pasar desapercibidos dentro del grupo e iniciar nuestra labor de observación. Para ello prácticamente cualquier actividad es válida: una visita al museo o a la cafetería más próxima; una discoteca o un parque; una salida nocturna por bares y calles (sin duda una auténtica mina para este tipo de tarea); una excursión más o menos cercana que puede venir acompañada de una comida, un viaje en tren o un descanso a la sombra de una terraza. Siempre habrá que preguntar cuánto cuesta el billete o ese fular, dónde está aquella plaza, cómo se sirve allí el capuccino. Por no hablar de todas las oportunidades que la experiencia cotidiana nos pondrá a tiro para ser testigos de la manera en la que nuestros chicos y chicas se desenvolverán en el manejo del nuevo idioma desde su particular personalidad, desde su mayor o menor nivel lingüístico, desde sus peculiares habilidades con las que, junto al material teórico y práctico que nosotros les habremos proporcionado, podrán comprender y hacerse entender con resultados desiguales, probablemente cada día más satisfactorios.

Conocer mejor a un estudiante siempre ayuda para enseñarle mejor. Si tal sentencia es cierta, aún lo es más cuando de lo que se trata es de enseñar una lengua extranjera en el país donde ésta se habla. Entonces mataremos dos pájaros de un tiro si nos decidimos a salir fuera del aula con él. Sólo fuera podremos pretender entablar una relación de confianza donde los papeles de profesor y alumno no se interpreten a fondo e incluso puedan difuminarse gracias a la convivencia en ámbitos donde ambos puedan tratarse de igual a igual. Esta experiencia siempre es aconsejable, enseñemos filosofía, física cuántica, matemáticas o español como lengua extranjera. Pero sin duda, en este último caso, la experiencia será mucho más enriquecedora porque no sólo cubrirá el ámbito de las relaciones personales entre profesor y alumno, sino que afectará directamente a la estrategia pedagógica en la enseñanza de la materia misma. Sin perder de vista a ésta, sólo fuera del aula los estudiantes podrán poner a prueba con todas las consecuencias sus conocimientos lingüísticos enfrentándose a dificultades reales, mientras nosotros, testigos privilegiados, tomaremos nota, evaluaremos y recopilaremos información para rediseñar un poco ad hoc nuestra estrategia pedagógica a seguir.

Hemos querido ilustrar aquí nuestra propuesta con los ejemplos ciertamente opuestos de Jesse y Chiaki. Obviamente, entre Jesse y Chiaki existe una variada gama de estudiantes con sus respectivas personalidades que experimentan, viven, de manera muy diferente la lengua extranjera que están aprendiendo en contacto con el medio sociocultural donde ésta fluye y se intercambia. Hay muchas variables en juego: capacidad intelectual, rasgos psicológicos, biografías personales, bagajes culturales, grados de motivación, demandas profesionales, gustos y estilos personales, capacidad de integración, tiempo de estancia en el país e intensidad en el aprendizaje. Todo influye. Todo juega su papel para el declarado objetivo final: el aprendizaje de una lengua extranjera.

Desde luego tampoco queremos ser ilusos y presentar nuestra propuesta como la gran panacea. Los milagros no existen. Y nadie pretende conocer a fondo la personalidad de una persona tras pasar con ella varias jornadas en museos, parques, ciudades, bares, teatros o plazas públicas. Sin embargo, no conozco ningún caso en que haciendo exactamente lo contrario, es decir, limitándose a una experiencia interpersonal dentro de un aula, se haya llegado a conocer a una persona mejor que si se extiende tal experiencia más allá de los límites del aula. En este caso, tal vez todo sea cuestión de tiempo, es decir, de cantidad. A mayor número de horas, de días y de meses tanto dentro como fuera del aula, mejores perspectivas habrá en la tarea de aprender y enseñar. Aunque con las relaciones humanas nunca se sabe.

En cuanto a los otros papeles, nada desdeñables por cierto, que juegan las actividades extraescolares en el aprendizaje de la lengua extranjera dentro de una sociedad y cultura donde ésta se habla ( contacto y conocimiento con una cultura nueva, y con sus hábitos y ritos sociales, y sus logros y sus enfermedades y sus hallazgos y sus riquezas y sus miserias y sus secretos y sus vergüenzas y sus mitos y sus dudas y sus certezas y sus proyectos y su pasado y sus versiones contradictorias y sus amores y sus fobias y sus complejidades y su rutina y su realidad y su....), en fin, de todo eso muy poco hemos apuntado porque no era éste el objeto de nuestro artículo. Aquí nos hemos ceñido sobre todo a tales actividades como un espacio, acaso poco explorado, donde extender nuestra labor pedagógica para evaluar, contrastar, anotar y reelaborar ad hoc, por qué no, nuestras propias estrategias en la enseñanza del idioma.

Por otra parte, nuestro interés ha versado esencialmente sobre las habilidades del estudiante en la comunicación oral. Otro campo a explorar sería la comunicación escrita. Pero pueden suspirar, no es nuestra intención atacar esa otra faceta de la lengua desde la perspectiva de este trabajo. También hemos pasado por alto aspectos, éstos también nada desdeñables, que influyen, y mucho, en los éxitos y fracasos del estudiante cuando éste confronta sus habilidades y conocimientos lingüísticos con la realidad de afuera. Hablamos de los diferentes niveles del lenguaje (jergas, argots, cultismos, neologismos, tics y modas que la norma pretende imponer, acentos, etc.) que sin duda condicionan esa experiencia única que el estudiante mantiene con la lengua y los diferentes ámbitos donde ésta se expone, se mima o se humilla. En cualquier caso, para eso estamos nosotros, pobres y esforzados profesores, para poner al corriente a otros de nuestro conocimiento, y hacerlo de la manera más hábil, eficaz y enriquecedora posible. Y según parece, lo que nosotros sabemos es enseñar español como lengua extranjera. ¿Por qué no empezamos saliendo con nuestros chicos y chicas una tarde de estas?

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