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El día del libro
Palabra del profesor: Empecemos por el principio
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La Semana Santa en Salamanca
Es conocido por pocos extranjeros el significado de la tradición española de dar vueltas por la ciudad, descalzos y disfrazados con máscaras aterradoras. Eso sólo suele ocurrir durante la temporada después de la Cuaresma, los días de la moderación.
Yo sí había visto antes algunas imágenes mezcladas por los miembros del ku-klus-Clan, lo que creía una mezcla indistinguible en mi imaginación, no fue hasta la convivencia con las procesiones de Salamanca cuando me di cuenta de su explicación.
Por primera vez vi a las cofradías el Miércoles Santo. El absoluto silencio reinó hasta que tambores fuertes y masivos dieron la señal de empezar. La dignidad de los portadores de los pasos impresionantes afectó a los espectadores que rezaron de repente el “Ave María”. Por mucho que hubiese aprendido el vocabulario de las procesiones aquella mañana, el ambiente elevado se me reveló durante la noche. El carácter solemne volvió a reproducirse las noches siguientes. En todas las ocasiones era testigo del respeto religioso y tradicional de los creyentes frente a las cofradías. Una vez pasados los pasos, cruces y velas , rompían el silencio y las charlas animadas de los españoles.
Sea cual sea el motivo, las procesiones nunca carecen de una nota alegre. Quizás por la música –me parecía más adecuada para un desfile militar-, o por las discusiones, los miles de niños o por la luz del sol del Viernes Santo, una cierta alegría viene a mi mente tan pronto como reanalizo mis recuerdos y sentimientos.
En Alemania tenemos también la tradición de lamentar la muerte de nuestro Cristo, pero nos concentramos en el Día de la Resurrección. Los días antes están marcados por un silencio en todos los aspectos. No suenan las campanas durante esta temporada –al contrario que los grupos de música tocando aquí-. En esto consiste la diferencia más destacable entre España y mi región en Alemania. Durante los dos días de tristeza manda la calma –ni solemos comer carne-, y en España la gente se lamenta de la muerte de Jesús más en público. Comparado al Jueves y Viernes Santo, el Domingo no reunió ni siquiera la mitad de espectadores. Aunque la obligación de volver al trabajo después de la fiesta sea la razón, la falta de creyentes me sorprendió.
Para acabar de repasar las impresiones de la semana pasada, me alegro de haber sido testigo de un gran espectáculo cuyo motivo debería ser triste. Los españoles lo convierten en una procesión llena de dignidad, pero nunca olvidan su placer por la vida, su alegría y su sociabilidad.
Christoph Ceelen
Nivel Avanzado C2
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